En
Pero
el reino de Navarra y el País Vasco fueron las zonas más asoladas por la
obsesión brujeril. Ya en 1466 los guipuzcanos obtienen de Enrique IV permiso
para que los alcaldes a las brujas que asolan la provincia. Poco después nace
en la sierra de Amboto un notable foco de aquelarres. En 1507 treinta brujas son
quemadas por el tribunal inquisitorial de Logroño. Y en 1525 más de 400
personas son interrogadas en Pamplona, donde dos niñas confiesan haber
participado en un aquelarre, y colaboran en el arresto y condena de un centenar
de presuntas brujas.
El inquisidor Alonso de Salazar y Fría, radicalmente
disconforme con sus colegas, descubrió contradicciones en los testimonios, y no
encontró evidencia sobre la realidad de los aquelarres, concluyendo que en toda
la comarca no se había cometido ningún verdadero acto de brujería. La
inquisición española le respaldó en las Instrucciones de 1614, que
recomendaban benevolencia y cautela en esta clase de procesos. Gracias a ellas
la península quedó prácticamente libre de la locura en que la caza de brujas
sumió al resto de Europa.
Se acusaba, además, a las brujas de arruinar las
cosechas, de provocar enfermedades y muertes entre los animales y sus propios
vecinos, de matar niños, de practicar el incesto y el aborto, de comer carne
humana y beber sangre, de desenterrar cadáveres, etc. Pero es muy difícil
saber qué hubo de cierto en tales acusaciones, ya que estas descripciones
suelen proceder de sus perseguidores y, cuando figuran en las declaraciones de
las propias brujas, fueron obtenidas mediante amenazas y torturas, que inducían
a las acusadas a ajustarse a lo que sus torturadores querían escuchar.
Otras de sus visiones seguramente se deben al carácter
alucinógeno de las sustancias que las brujas se aplicaban. No se entiende, que
nadie en aquella época, fuese capaz de preguntarse cómo era posible que
aquella pobre gente pudiese entregarse a las prácticas repugnantes y
abominables que se les atribuían. Y todo ello para condenarse sin remedio por
toda la eternidad, con el único propósito de obtener unos supuestos poderes
sobrenaturales que, sin embargo, les dejaban indefensos ante sus jueces y
torturadores. Todo invita a pensar que hubo una campaña de desprestigio
perfectamente orquestada en la que se jugó con los impulsos más inmediatos y
viscerales del pueblo, dirigiéndolos contra estos contestatarios que se
rebelaban contra el orden establecido.
Los
cronistas de la caza de bruja lo dejan claro. Por cada hombre, 500 mujeres
practican la brujería, asegura Bodin. Por cada brujo, 10.000 brujas, aumenta De
Lancre. Los textos de la época muestran una gran prominencia del sexo femenino.
¿A qué se debe? Esta claro que
Lo cierto es que en su furia por exterminar las nuevas
corrientes del pensamiento, la inquisición uso a las brujas como víctimas.
Las brujas eran expertas en toda clase de hierbas. Con
ellas y los más singulares elementos preparaban en su caldero ungüentos mágicos,
pócimas curativas, eficaces venenos y filtros amorosos que guardaban en jarras
y botellas. Depositarias de antiguos conocimientos transmitidos de madres a
hijas, de iniciadora a iniciada. Así se explica que las brujas de los más
diversos rincones de Europa utilicen los mismos elementos para fines semejantes.
Hoy sospechamos que el vuelo nocturno y otras de sus
visiones eran producidas por ciertas plantas alucinógenas que, mezcladas con
grasa, penetraban por los poros de su piel, tras frotarla enérgicamente.
Nynauld distingue en 1615 tres variedades de ungüentos:
"el que produce la ilusión momentánea de una transformación animal; el
que permite creer a las brujas que van al sabbat, pero se localiza únicamente
en la imaginación; el que permite un verdadero viaje al sabbat, mientras dios
lo permita". Por insólita que nos parezca esta posibilidad, no hay que
descartar que algunas pócimas pudieran en efecto facilitar una experiencia
extracorporal que permitiera a la bruja desplazarse psíquicamente al punto de
reunión. Esto puede deducirse de las descripciones pormenorizadas que algunas
acusadas hicieron de lugares que nunca habían visto físicamente, y es
refrendado por prácticas semejantes de los brujos tribales, capaces de
describir certeramente lo que sucede en lugares remotos sin salir de su cabaña.
Inquisidores y eruditos de la época han descripto la
composición de estas unturas y el modo que tenían de administrárselas.
Gracias a ellos, los investigadores modernos han identificado diversos elementos
alucinógenos, y varios narcóticos de extracción vegetal.
Así sabemos que en algunas de sus combinaciones
mezclaban belladona, beleño, adormidera, acónito, semilla de girasol,
cannabis, cicuta, solano, amapola, digital, mandrágora, eléboro, etcétera.
El sadismo, la curiosidad morbosa y las peores
cualidades humanas exacerbaron el espíritu de los cazadores de brujas, convirtiéndolos
en verdugos despiadados, capaces de las más terribles atrocidades. El principal
catalizador de tan horrible proceso histórico es el Malleus Maleficarum,
verdadero manual del cazador, que resumía cuantos chismes sobre la brujería
circulaban en la época e intentaba justificar el uso de todos los métodos en
las investigaciones. Esta obra siniestra, causa de incontables crímenes y
sufrimientos, pronto se convirtió en un auténtico bestseller y desató una
epidemia de libros brujeriles, que se editaban por cientos de miles.
Los
jueces se consideraban a sí mismos instrumentos de la providencia; creían que
su función les protegía de maleficios, formulaban a los sospechosos preguntas
tan escabrosas como insanas y aceptaban cualquier testimonio, incluido el de niños,
idiotas, histéricos y delirantes. Algunos aceptaron dinero o chantajearon a los
acusados; no faltaban a los delatores de brujos profesionales y quienes por este
procedimiento se quedaron con las fortunas de sus súbditos o familiares,
mientras conducía a aquellos a la hoguera. La caza de brujas, en la que
participaron intensamente los protestantes, constituye uno de los más negros
episodios de la historia.
Los contemporáneos de la época describían a las
brujas como mujeres repulsivas, capaces de realizar hechizos y preparar ungüentos
y brebajes con virtudes mágicas, aunque entre las procesadas no faltan miles de
bellas jóvenes cuya virginidad pudieron comprobar los verdugos. Suelen vivir
con un gato, sapo, cuervo o perro negro, animales llamados familiares que
participaban activamente en sus fechorías. Tras su pacto con el diablo, que
implica unas relaciones sexuales con éste, cuyas descripciones podrían
ruborizar a no pocos cyberlectores, Satán las señala con una marca imborrable
en cualquier parte del cuerpo. La búsqueda sádica de esta marca ocupó buena
parte de la actividad de los interrogadores. En ciertas noches de la semana,
tras aplicarse un ungüento, se trasladaban volando (a lomos de una escoba o un
macho cabrío) hasta sus lugares de reunión. Sus asambleas son conocidas como
sabbats o aquelarres, que en vasco significa prado del macho cabrío. Las
preside este animal, en que los inquisidores ven al diablo.
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