Para
muchos, una ciudad mitad
mito y otro tanto realidad. Su grandeza, su destrucción y el famoso Caballo de
Troya siguen siendo los grandes enigmas de esta legendaria urbe a la que cantó
Homero en su célebre Ilíada."¡Oíd, tribus innúmeras de aliados que
habitáis alrededor de Troya! No ha sido por el poder ni por el deseo de reunir
una muchedumbre por lo que os he traído de vuestras ciudades, sino para que
defendáis animosamente de los belicosos aqueos a las esposas y a los tiernos
infantes de los troyanos..." Las palabras que el gran caudillo
troyano Héctor, "el de tremolante casco", dirigió en vísperas de la
batalla a sus aliados que combatían contra el acoso griego, dan vida a uno de
los capítulos de
Pero, ¿Qué fue Troya?
Nombrarla equivale a evocar una ciudad situada a horcajadas entre la realidad y
el mito; una leyenda cuyos destellos iluminaron la imaginación de muchas
generaciones; una guerra de diez años, tan célebre como feroz, que dejaría en
ruinas a esa urbe inmortal.
Sin embargo, hasta el día de
hoy continúan alzándose algunas voces que cuestionan desde el presunto
emplazamiento de las ruinas troyanas, en la costa turca del Asia Menor, hasta la
existencia de la ciudad legendaria (y de su máximo cantor, Homero). Inclusive,
su destrucción abre aún hoy un sinfín de interrogantes, pese a la famosa
artimaña del Caballo de Troya, en cuyo vientre un puñado de soldados griegos
encabezados por el valeroso Diomedes atravesó sus murallas al despuntar el
alba. Y por si no bastara tanto enigma, se han descubierto varias Troyas, una
encima de la otra. A la que se suma otra teoría, más reciente, de un filósofo
mexicano, Roberto Salinas Price, que se despacho con la sensacional afirmación
de que Troya no habría estado en Asia, en el valle delimitado por los ríos
Escamandro y Simois, sino a orillas del Mar Adriático. Nada menos que en
la actual

Todo había empezado cuando al
apuesto París, uno de los cincuenta hijos del rey troyano Príamo, y hermano de
Héctor y de la vidente Casandra, el dios Zeus le ordenó una engorrosa misión;
dictaminar cuál era la diosa más bella entre Hera, Atenea y Afrodita. Paris se
inclinó por esta última, que, dicho sea de paso, lo había sobornado prometiéndole
el amor de Helena de Esparta, la mujer más hermosa del mundo entonces conocido.
Pero había dos factores en contra de tales amoríos: Helena era griega y por añadidura,
estaba casada con el rey espartano Menelao. Lo cierto es que al entregar la
manzana "de la discordia" a Afrodita, en premio a su triunfo en el
primer certamen de belleza de la historia, Paris se ganaba la venganza de las
deidades despechadas. Y daría cumplimiento, así, a la profecía según la cual
Troya sería destruida por su causa. Ocurrió, en efecto, que Atenea y Hera
persuadieron a Príamo a que enviara a Paris a la corte de Menelao: presa de una
fulminante pasión por Helena, Paris la sedujo y raptó, llevándosela a Troya.
Menelao, su hermano Agamenón, rey de Micenas y Ulises, se asociaron para
rescatarla. Primero reclamaron la devolución de la joven, lo que les fue negado.
Todos los príncipes griegos se conjuraron entonces contra la insolencia troyana.
Se desató así
Otras versiones del mito juran
que Zeus estaba harto de tantos hombres sobre la tierra, y provocó una "guerra
depuradora".
Hasta hace relativamente poco
tiempo no habían salido a la luz pruebas creíbles sobre la existencia de Troya,
o de las varias Troyas superpuestas. Ni sobre su arrasamiento. Ni su localización
geográfica. Las exploraciones llegarían a contar hasta nueve Troyas destruidas
y reedificadas unas sobre otras: la sexta, de la que aún subsistían las
fuertes murallas de piedra rectangulares, sería la saqueada por los griegos en
el siglo XII antes de Cristo. Más exactamente: hacia
El asedio de Troya duró una década.
Y aquí hay otro misterio: según Homero, los griegos en ningún momento
bloquearon la urbe sitiada; no interceptaron sus provisiones; tampoco intentaron
derruir sus fortificaciones; acamparon inclusive bien lejos de la ciudad. Eso sí:
constantemente los bandos rivales se hostigaban y trenzaban en salvajes
enfrentamientos. Los carros estremecían la tierra al mando del auriga. Por
todos lados las piras de cadáveres humeaban oscureciendo el día; más allá,
una pelea entre decenas de soldados podía interrumpirse bruscamente para
admirar el duelo personal. Por ejemplo, cuando Aquiles atravesó con su pica el
cuello de Héctor, atando luego su cuerpo al carro cuyos caballos azuzó. cuenta
Homero: "Gran polvoreda levantaba el cadáver mientras era arrastrado;
la negra cabellera se esparcía por el suelo; la cabeza, antes tan graciosa, se
hundía en el polvo. Porque Zeus la entregó a los enemigos para que allí, en
su misma patria, la ultrajaran". Zeus, que al igual que Atenea
se había entrometido para sellar el fin del comandante troyano. Un fin no muy
diferente del que tendrían otros guerreros como Patroclo, Polidoro y el mismo
Aquiles.
En
cuanto al fin de Troya, las enciclopedias recuerdan que Ulises aconsejó pactar
un falso armisticio con los troyanos, quienes recibieron alborozados la
proposición. Entonces Ulises, en testimonio de amistad, les ofreció un
gigantesco caballo de madera explicándoles que era una ofrenda a los dioses.
Para entrarlo a la sitiada Troya fue preciso derribar todo un sector de la
muralla. En su entraña aquel caballo alojaba a un puñado de griegos, que al
llegar la noche abrieron las puertas de la plaza: el amanecer vio a los
sitiadores dueños de la ciudad.
Aquí entra en escena un
personaje singularísimo, el arqueólogo aficionado y aventurero alemán Enrique
Schliemann. El llamado "el bucanero de la arqueología", que vivió
entre 1822 y 1890. Trabajó en una tienda siendo adolescente; se embarcó como
peón de limpieza en barcos mercantes, naufragó, y en Holanda se dedicó a los
negocios, incluyendo contrabando de té. A los 36 años había amasado una
fortuna. Su descomunal energía se volcó luego al estudio apresurado de la
arqueología. Y ya en 1868 hundió la pala por primera vez en donde
El increíble Schliemann comenzó
por abrir una larga zanja con tal ímpetu que, de entrada, arrasó parte del
primer nivel: unas ruinas de la época neolítica, de la que sólo quedaban
algunos habitáculos y restos de hachas y cuchillos de piedra. El arrojado
explorador alcanzó a identificar otras cuatro ciudades, la segunda de las
cuales contando desde el plano más profundo pertenecía ya a
Sería
Dörpfeld, el ayudante y continuador de la labor schliemanniana, quien identificó
la verdadera Troya homérica como la sexta, o más seguro la séptima de las
encontradas sucesivamente. En total, apenas se trataba de unas pocas docenas de
viviendas en una superficie también irrisoriamente pequeña: sólo 139 metros
en su lado menor, y 183 en el mayor. Dimensiones que, por su vulnerabilidad,
tornan todavía más conmovedora (pero también más enigmática e intrigante)
la serie de acontecimientos allí ocurridos.
La maravillosa gesta troyana,
transcurridos más de treinta siglos, continúa agitando la imaginación y el
espíritu, del mismo modo que todavía agita sus playas el viento que sopla sin
cesar entre las altas hierbas; un viento que no existe en ningún otro punto de
esa zona, y que ya Homero describió. Un viento en cuyo hálito Aquiles sigue
arrastrando el cadáver de Héctor, frente a las murallas de la invencible Troya.
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