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Geller
y el teleférico que se detuvo a mitad de camino, después de que
él se hubiera concentrado para pararlo.
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Uri Geller
llegó a Munich en junio de 1972 e inmediatamente dio muestra de su
talento publicitario, cualidad que le convirtió en el más famoso -y
rico- psíquico del mundo. La visita había sido organizada por un
agente llamado Yasha Katz, quien se preocupó de que Geller fuera
recibido por multitud de reporteros. Uno de ellos le preguntó: «¿Qué
podría usted hacer que resultara realmente sorprendente?» Geller
respondió: «Sugiera usted algo». «¿Qué le parecería parar un
teleférico y dejarlo suspendido en el aire?» Tras pensarlo un momento,
Geller respondió: «Por supuesto, por qué no.» Y entonces la multitud
de reporteros, con ojos asombrados, le siguieron hasta la línea del
funicular de Hochfelln, en las afueras de Munich.
El teleférico salió para dirigirse hacia la cima de la montaña, y
Geller se concentró profundamente. No sucedió nada. Bajó de nuevo y
tampoco pasó nada. Siguió subiendo y bajando. Para entonces la
confianza en Geller había desaparecido y los reporteros empezaban a
perder interés. Pero de pronto, ante el asombro de todos, el teleférico
se paró en el aire. El mecánico llamó al centro de control y le
dijeron que el interruptor principal se había apagado repentinamente.
Unos minutos más tarde, los reporteros corrían hacia las cabinas telefónicas
más cercanas.
Inevitablemente, solicitaron que hiciera algo más. Alguien sugirió que
parara una escalera mecánica en unos grandes almacenes. Esta vez pareció
que Geller no tenía suerte: las escaleras subían y bajaban una y otra
vez, hasta que en el vigésimo intento la escalera se paró.
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Geller conversa con John Lennon acerca de los
OVNIS.
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Un científico alemán, Friedbert
Karger, quiso que Geller se quedara en Alemania para someterse a un
estudio, pero Uri ya había sido contratado por algunos de los más
eminentes investigadores científicos americanos.
Por su parte, el joven estaba saboreando las mieles de la fama. Un
empresario quiso incluso que actuara en un musical y a él le encantó
la idea. Cuando Puharich se enteró por teléfono de todo esto se fue
inmediatamente a Alemania y persuadió a la joven celebridad de que
abandonara sus planes de convertirse en el primer cantante místico del
mundo, y que le acompañara a Estados Unidos.
Uno de los hechos más extraños en la
historia de Geller es que no consiguió alcanzar en los Estados Unidos
la misma fama inmediata que había tenido en Alemania. Parece haber dos
explicaciones. Una de ellas es que los americanos no son fácilmente
influenciables y tienden a mostrarse escépticos ante esos «creadores
de milagros». La otra explicación se basa en que la reputación de
Geller le había precedido a él, y se encontró frente a una
considerable «resistencia del comprador». Las historias acerca del
nuevo protegido de Puharich ya habían llegado al mundo de las
investigaciones de fenómenos paranormales de los Estados Unidos, un
mundo en el que Puharich era considerado como un eminente investigador
científico. Según los rumores, Puharich había resultado completamente
engañado por este «mago-pop» israelí. Así pues, cuando Geller llegó
a Nueva York en otoño de 1972, encontró una atmósfera más bien fría.
Desde un principio, estuvo rodeado por eminentes científicos, hombres
tales como Ed Mitchell, el astronauta que fue a la luna, Wernher
von Braun, el inventor del cohete V-2, o el físico Gerald
Feinberg. Geller se sentía receloso y disgustado; sin embargo, sus
poderes parecían estar dando excelentes resultados. En la oficina de
Von Braun realizó una interesante variante del fenómeno de romper el
anillo, aplastando el anillo de boda de oro que Von Braun sostenía
fuertemente en su propia mano. Luego Von Braun descubrió que las pilas
de su máquina calculadora se habían gastado aunque las había repuesto
aquella misma mañana. Geller tomó la calculadora entre sus manos y
cuando después Von Braun apretó el botón de encendido, descubrió que
la calculadora funcionaba, pero que la pantalla mostraba números
inconexos. Geller probó otra vez y consiguió que la calculadora
funcionara normalmente. Era absolutamente imposible que alguien la
hubiera manipulado; ni siquiera un ilusionista podría llegar hasta el
circuito de una calculadora herméticamente cerrada. Von Braun concluyó
que Geller podía producir extrañas corrientes eléctricas, suposición
razonable y probablemente correcta.
El Regreso De Los «Espectros Espaciales»
A pesar de estos éxitos, Geller estaba
tenso y desilusionado. Entre otras cosas, los «espectros espaciales»
estaban actuando de nuevo. En una habitación de un hotel de Washington
un cenicero se elevó por encima de la mesa, como movido por manos
invisibles. Después, el magnetofón empezó a funcionar por sí mismo.
Cuando Puharich, que estaba presente, hizo volver la cinta hacia atrás,
habló de nuevo la extraña voz metálica que habían oído por primera
vez en 1971, diciendo que la nave Spectra pronto aterrizaría en
la Tierra, pero sólo para repostar. El «aterrizaje en masa» prometido
en anteriores entrevistas iba a tener lugar más tarde. También dijeron
a Puharich -para su mayor sorpresa e irritación- que en lo sucesivo se
abstuviera de realizar experimentos con Geller y que no informara a
nadie de estos extraños mensajes. Al acabar el mensaje, la cinta -según
declaró Puharich- simplemente se disolvió por completo. Los mensajes
posteriores que llegaron a través del magnetofón insistieron de nuevo
en que Puharich renunciara a sus planes de realizar pruebas científicas.
Como es lógico, Puharich se inquietó profundamente. Esos seres del
espacio exterior -si es que venían de allí- estaban dando al traste
con sus planes. Incluso Geller se mostraba inesperadamente escéptico;
aseguró que los «seres del espacio» eran payasos que estaban gastándole
bromas pesadas.
Todo esto culminó en un suceso muy
significativo que Puharich menciona únicamente en un párrafo de su
libro sobre Geller, pero que muy bien podría contener la clave del
misterio.
Una Tormenta Psíquica
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Russell
Targ, que junto con Harold Puthoff dirigió los
experimentos sobre Geller en Stanford en 1972.
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Cuando Puharich dijo a Geller que estaba
decidido a ignorar a los «seres del espacio» y continuar con los
planes sobre los experimentos, Geller perdió la paciencia y le arrojó
un azucarero a la cabeza. Puharich se indignó. En aquel preciso momento,
fuera se puso a soplar un viento muy fuerte que sacudía los árboles, y
un reloj de péndulo cruzó rápidamente la sala y se hizo añicos.
Fuertemente impresionado, pero todavía resuelto, Geller le rogó a
Puharich que olvidara a los científicos. Pero él se mantuvo en sus
trece y finalmente consiguió su propósito.
Parece ser que estos increíbles sucesos -suponiendo que Puharich los
explique tal como sucedieron- confirman que ciertos poderes «sobrehumanos»
entraron en juego. Sin embargo, todos los investigadores de fenómenos
paranormales saben que los poltergeists pueden producir efectos muy
semejantes. Y también están todos de acuerdo en que los poltergeists
están estrechamente conectados con las mentes inconscientes de uno o
varios seres humanos.
Si los «seres del espacio» realmente existieron, ¿por qué le
ordenaron de repente a Puharich que abandonara las investigaciones científicas
que anteriormente habían aprobado? Por otro lado, resultaría
perfectamente comprensible si las extrañas manifestaciones se hubieran
originado en la mente inconsciente de Uri Geller. Él quería ser famoso
y (a ser posible) rico, y la idea de ser examinado por científicos escépticos
le preocupaba. Significativamente, el único proyecto para el cual los
«seres del espacio» dieron su consentimiento fue la filmación de una
película sobre la vida de Geller.
Puharich cuenta cómo al día siguiente de la «tormenta», su cariñoso
perro labrador de color negro de repente mordió a Geller en la muñeca.
El día anterior este mismo perro había desaparecido repentinamente de
la cocina ante sus propios ojos, y unos momentos después fue visto
caminando hacia la casa a unos 65 metros de distancia: había sido
teleportado misteriosamente por los hombres del espacio, según Puharich,
para demostrar su poder. Pero quizá el perro lo supiera mejor que ellos.
Quizá sabía intuitivamente que el verdadero culpable era el propio
Geller, o, mejor dicho, un desconocido que vivía en la mente
inconsciente de Geller.
Unos días más tarde empezaron las pruebas científicas. Se realizaron
en el Instituto de investigación de Stanford (California) y fueron
dirigidas por el doctor Harold Puthoff y Russell Targ. Tan
pronto como empezaron las pruebas, Geller se dio cuenta de que no tenía
nada que temer. A la mayoría de los psíquicos les resulta muy difícil
actuar cuando se encuentran en un laboratorio; sin embargo, Geller no
tenía tales problemas. Tan pronto como empezó a concentrarse para
intentar doblar un anillo de latón, el
monitor de televisión a través del cual estaba siendo observado
empezó a deformarse, y las deformaciones se producían cada vez que la
cara de Geller se torcía al concentrarse. Evidentemente, estaba
provocando un efecto eléctrico misterioso. Al mismo tiempo, una
computadora del piso de abajo empezó a estropearse.
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Dibujos seleccionados y respuestas dibujadas por Geller
durante la serie de pruebas llevadas a cabo en el Instituto de
Investigación de Stanford.
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Seguidamente, se le realizó una prueba de percepción extrasensorial.
Su éxito entonces fue espectacular. Se colocó un dado en una caja
cerrada y se movió para que rodara; entonces le pidieron a Geller que
adivinara qué lado contenía el número más alto. Acertó en todos los
casos. Más tarde pusieron diez latas vacías boca abajo sobre una mesa,
y escondieron un pequeño objeto debajo de una de ellas; entonces Geller
fue conducido a la habitación y le pidieron que adivinara qué lata
contenía el objeto. De nuevo sus aciertos fueron increíbles -doce de
catorce intentos. También se le pidió que duplicara dibujos colocados
en sobres cerrados y dobles; una y otra vez sus respuestas fueron
sorprendentemente correctas. Sin embargo, cuando se escogieron unos
determinados dibujos al azar de entre un montón que habían sido
trazados por muchas personas que se encontraban en el edificio -de forma
que ni los propios científicos tenían idea de lo que había en el
sobre- los aciertos de Geller se redujeron al mínimo. Esto sugiere que
su éxito en los experimentos de los dibujos depende mucho de la telepatía
o «lectura de la mente», pero no puede explicar los experimentos con
el dado, que ponían de manifiesto auténtica PES sin telepatía.
Los Escépticos Desafían A Geller
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El mago James Randi está convencido de que Uri Geller es un
farsante.
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A medida que parecía que Geller superaba
las pruebas más difíciles y que demostraba la autenticidad de sus
poderes, su visita a América empezó a ir mal. Se le pidió que se
presentara en las oficinas de la revista Time, pero el «fotógrafo»
que concertó la entrevista era, de hecho, un mago profesional llamado Charles
Reynolds. Puharich sospechó que los magos americanos estaban
tramando «linchar» a Geller, y tenía razón. James Randi -uno
de los ilusionistas más célebres desde Houdini- estaba convencido de
que Geller era un farsante, y estaba decidido a desenmascararlo.
Puharich no tenía ninguna intención de permitir que Geller fuera
puesto a prueba por esa caterva de magos de farándula; sin embargo,
Geller se daba cuenta de que su negativa sería considerada como un
indicio de culpabilidad. Así pues, el 6 de febrero de 1973 él y
Puharich se presentaron en las oficinas de Time.
Geller estaba comprensiblemente nervioso, ya que tenía que enfrentarse
con la manifiesta hostilidad de dos magos y dos editores de Time. Sin
embargo, consiguió demostrar sus poderes telepáticos al duplicar un
dibujo que se encontraba en un sobre cerrado. Después de esto, dobló
un tenedor frotándolo suavemente con su dedo; el tenedor siguió doblándose
después de que lo hubiera soltado. Charles Reynolds le ofreció a
Geller la llave de su propio apartamento -para asegurarse de que no
hubiera ningún «cambio»- y Geller la dobló concentrándose; de
nuevo, la llave continuó doblándose después de que Geller la hubo
soltado.
En conjunto, Geller actuó de una forma
muy satisfactoria y había razones para que esperara un informe
favorable. No obstante, el artículo que apareció en Time unas semanas
después era condenatorio. Los dos magos afirmaban que podían repetir fácilmente
cada uno de los «trucos» de Geller, y que Randi de hecho lo hizo
cuando Geller había abandonado la oficina. El artículo acababa
afirmando -en contra de la verdad- que Geller había sido obligado a
abandonar Israel de una forma vergonzosa después de que un experto en
computadoras y algunos psicólogos hubieran repetido sus proezas y le
acusaran de fraude.
Por lo que se refiere al gran público americano, el mito de Geller ya
había desaparecido por aquel entonces; se había «probado» que era un
mero estafador. Y puesto que Time tenía una circulación mundial tan
inmensa, ni Geller ni Puharich pudieron hacer nada. A finales de marzo
de 1973 parecía que la carrera sorprendente de Uri Geller estaba
llegando a su fin, sólo unos 18 meses después de que hubiera empezado.
Sin embargo, cuando Puharich se sentó en su despacho a escribir las
primeras líneas de su libro: Uri: a journal of the mistery of Uri
teller (Uri: diario del misterio de Uri teller) experimentó una íntima
convicción de que no todo había acabado allí. Por su parte, Geller
estaba resuelto a actuar de tal modo que los escépticos tuvieran que
tragarse sus palabras.
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