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La
confluencia de St. Mark Road y Cambridge Gardens en Kensington,
Londres, se hizo famosa en los años 30 a causa del misterioso
autobús de dos pisos, como el que aparece en la fotografía, que
viajaba a gran velocidad en esa zona a media noche; cuando ya no
había transporte público.
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Durante
los años treinta se decía que un autobús londinense rojo de dos pisos
hostigaba a los motoristas en la zona de North Kensington a última hora
de la noche. Durante mucho tiempo la confluencia de St. Mark Road y
Cambridge Gardens ha sido considerada como una esquina peligrosa; de
hecho, la curva era «ciega» para ambas carreteras y había originado
numerosos accidentes.
La decisión de la autoridad local de arreglar la curva se vio
parcialmente influida por el testimonio de motoristas de última hora de
la noche, quienes decían que se habían estrellado mientras regateaban
para evitar un autobús de dos pisos que bajaba precipitadamente por St
Mark Road a esas horas bastante tardías en que las líneas regulares ya
no prestaban su servicio.
Un informe típico de la policía de Kensington rezaba: «Giraba la
esquina cuando vi un autobús lanzado hacia mí. Llevaba dadas todas las
luces del piso de arriba y de abajo, así como los faros, pero no pude
ver a nadie, ni empleados ni pasajeros. Tiré del manillar con fuerza y
subí a la acera, rascándome con el muro de la carretera. El autobús
desapareció.»
Después de un accidente mortal, durante el que un conductor dio un
viraje y golpeó contra el muro, un testigo contó al juez que llevaba
la investigación que también él había visto al misterioso autobús
precipitándose contra el coche segundos antes de que el conductor se
saliera de la carretera. Cuando el juez expresó el natural escepticismo,
decenas de residentes locales escribieron a su oficina y también a los
periódicos locales ofreciéndose a testificar que también habían
visto al «autobús fantasma». Entre las declaraciones más
impresionantes se encuentra la de un empleado local de transportes quien
declaró haber visto al vehículo en la estación de autobús a primeras
horas de la mañana, con el motor en marcha, y que luego había
desaparecido.
El
misterio nunca se resolvió; pero es quizás significativo que el autobús
«fantasma» no fuera visto después de que desapareció el peligro de
la esquina con la curva pronunciada. Incluso se sugirió que la visión
había sido «proyectada» en el lugar para dramatizar el peligro
inherente de la intersección. Pero si era así; ¿quién lo había
hecho? Y si, como se sugirió, todo esto tuvo lugar en las mentes de los
mismos motoristas -una especie de proyección natural de sus temores
ante la esquina- ¿cómo se las arreglaron para sobreimponerse sobre la
visión de los peatones, por no mencionar el empleado de la estación
de autobuses que lo vio desde un ángulo completamente diferente?
El autobús «fantasma» de Kensington epitomiza un problema que,
durante siglos, han encarado aquellos que creen que los fantasmas son
espíritus que vuelven. ¿Si un fantasma es el «alma» de una persona
muerta que vuelve a la tierra, cómo podemos entender el fantasma de un
autobús y por supuesto el de sus antecesores, los coches de caballos
fantasmas, que tanto reflejan las narraciones populares?
Llegados a eso, ¿por qué los espíritus que vuelven no aparecen
desnudos, ya que con muy pocas excepciones registradas no es así en
ningún caso?
El folklore «fantasmal» está repleto de historias de todo tipo de
objetos inanimados, desde el acordeón-fantasma atribuido al espiritista
del siglo XIX, D. D. Home, hasta la daga de Macbeth.
Formas
Revoloteando En El Aire
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La leyenda
de este barco fantasma fue relatada por el político y escritor
norteamericano doctor Cotton Mather en su libro Wonders of the
Invisible World (Maravillas del mundo invisible, 1702). El
barco zarpó de América, pero no llegó nunca a su destino en
Inglaterra, y no se volvió a saber nunca nada de él. Sin
embargo, unos meses después algunas personas vieron en el puerto
desde donde zarpó lo que podía ser el barco envuelto en nubes;
luego zozobró y desapareció.
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Una
de las historias más convincentes sobre apariciones «sin alma» está
compilada en el diario de la Torre de Londres -lugar saturado de
fantasmas según la creencia popular-. El protagonista de la historia
fue Edmund Lenthal Swifte. En 1814 tenía el cargo de Guardián
de las Joyas de la Corona, cargo que ocupó hasta 1842 -o sea, 28 años-.
Él mismo cuenta lo que vio un domingo por la tarde en octubre de 1817:
«Mi familia y yo estábamos cenando en el edificio donde se guardan las
joyas de la corona, lugar que parece haber sido la «lúgubre prisión»
de Ana Bolena y de los diez obispos que allí fueron acomodados
piadosamente por Oliver Cromwell. Todas las puertas estaban
cerradas, las cortinas, pesadas y oscuras, estaban echadas, y la única
luz que había en la estancia era la que emanaba de dos cirios colocados
sobre la mesa. Yo estaba sentado en la cabecera de la mesa, mi hijo a mi
derecha, mi mujer junto a la chimenea y su hermana enfrente de ella.
Estaba ofreciendo vino y agua a mi mujer, cuando ésta, al alzar el vaso,
paró el movimiento y exclamó: ¡Dios mío! ¿qué es esto?.»
«Miré hacia arriba y vi un cilindro, como un tubo de vidrio casi del
grosor de un brazo, que revoloteaba entre el techo y la mesa; su
consistencia parecía ser un denso líquido, blanco y azulado... girando
incesantemente dentro del cilindo. Duró aproximadamente dos minutos,
entonces empezó a moverse delante de mi cuñada y, resiguiendo el borde
de la mesa, pasó por delante de mí y de mi hijo. A continuación siguió
por detrás de mi mujer y permaneció brevemente sobre su hombro derecho
(téngase en cuenta que no había ningún espejo en la parte opuesta que
le permitiera ver qué estaba pasando). De repente, mi mujer se agachó,
con las manos en el hombro, y gritó: ¡Dios, me está cogiendo!.»
«Incluso ahora siento el terror que sentí entonces. Salté de la silla
y golpeé la aparición, golpe que fue a parar en el revestimiento de
madera situado detrás de ella. Entonces, la «cosa» cruzó el borde de
la mesa y desapareció por la ventana.»
No volvió a verse tan extraña manifestación; pero, algunos años más
tarde, ocurrió un suceso que confirmó trágicamente la explicación de
Swifte: un soldado murió literalmente de miedo en la Torre de Londres.
El soldado estaba de centinela frente al edificio donde se guardan las
joyas de la corona, cuando, cerca de medianoche, oyó un sonido gutural
detrás de él. Al girarse vio un gran oso negro de pie sobre sus patas
traseras, con los dientes hacia fuera y los ojos rojos de rabia, que se
abalanzaba sobre él. El soldado lanzó su bayoneta contra el cuerpo del
animal, pero el arma pasó sin herirlo y el animal desapareció. Una
patrulla encontró unos cuantos minutos después al soldado desmayado;
la bayoneta estaba clavada en la sólida madera de la puerta. El soldado,
todavía sin sentido, fue trasladado al cuerpo de guardia donde un médico
afirmó que no estaba ni borracho ni dormido. Repitió una y otra vez su
extraña historia, hasta que tres días después murió.
Durante aproximadamente 300 años, hasta mediados del siglo XVII, en la
Torre había habido un zoológico real, y entre los animales que allí
se cuidaron había numerosos osos. A pesar de que no existan referencias
de la autopsia del soldado, el hecho de que muriese tres días después
de aquella experiencia podría indicar que estaba enfermo sin saberlo, y
que la aparición fue una alucinación causada por su propia enfermedad.
Por otra parte, los fantasmas de animales tienen más sentido como «espíritus
que regresan» que sus equivalentes humanos, por la sencilla razón que
ya hemos apuntado antes: por lo menos ellos «aparecen» exactamente con
el mismo aspecto que tenían en vida. El hecho de que el hombre haya
perdido muchos de sus instintos «primitivos» mientras que los animales
todavía los conservan podría también tener una relación con el papel
paranormal de aquellos.
Bestias
Fantasmales
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Los
fantasmas de caballos, a veces con su jinete, suelen asociarse a
algunos lugares en particular. Puede que sean una especie de
recuerdo gráfico de un acontecimiento violento o dramático
acaecido en el mismo sitio.
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Ciertamente,
los cuentos de fantasmas de perros son corrientes en el folklore de
Estados Unidos, Europa y gran parte de África. Los fantasmas de
caballos, de rebaños de vacas o de ovejas participan del folklore, y a
pesar de que (al igual que todos los cuentos) las descripciones de sus
apariciones hayan sido indudablemente distorsionadas a lo largo de los
siglos, algunas de ellas son sorprendentemente convincentes. En 1908, la
Society for Psychical Research (SPR) investigó exhaustivamente
lo que pareció ser un cerdo-fantasma en Hoe Benham (Inglaterra).
El 2 de noviembre de 1907 dos jóvenes, Oswald Pittman y Reginald
Waud, estaban pintando en el jardín de su casa, la villa Laburnum.
A eso de las diez de la mañana, cuando Pittman estaba hablando con el
lechero, vio a su amiga Clarissa Miles acercándose por el camino:
tenía que reunirse con los hombres para una sesión de pintura. La
acompañaba, como si se tratara de un perro amaestrado, un gran cerdo
blanco con un morro inusualmente largo. Cuando Pittman le habló de ello
a Waud, éste le pidió que le dijera a Clarissa que dejara el animal
fuera y que cerrara la puerta del jardín cuidadosamente, ya que Waud
era un amante de la jardinería y no quería que el cerdo le removiera
todas las plantas.
Sin embargo, cuando Clarissa llegó estaba sola y negó todo
conocimiento del animal. Si la hubiera estado siguiendo, señaló,
estaba segura de que habría oído sus pisadas. A pesar de todo, ella y
Pittman volvieron al camino y preguntaron a varios niños si habían
visto un cerdo, pero ninguno lo había visto.
A la mañana siguiente, el lechero, presionado por un Pittman
desconcertado, firmó una declaración en la que aseguraba que no había
visto el cerdo y señalaba que, en cualquier caso, la zona estaba bajo
un estado de alerta por la fiebre porcina y no podía matarse a ningún
animal perdido.
Pittman
y Waud fueron a Londres durante unos meses y allí contaron el extraño
incidente a un miembro de la SPR. Cuando volvieron a Hoe Benham en
febrero, el relato de la aparición de Pittman se había extendido
ampliamente. Los aldeanos, perdiendo su reserva natural, los desbordaron
con historias anteriores de «fantasmas». La teoría del lugar sostenía
que todo partía del suicidio de un campesino, Tommy King, cuya
propiedad, que fue demolida en 1892, había bordeado el camino. La
investigación en los archivos de la parroquia mostró que en realidad
había habido dos Tommy King, uno muerto el 1741 y el otro en 1753, pero
no había indicación de cual de los dos se había suicidado. Un viejo
llamado John Barrett testificó que, cuando era muchacho en 1850,
volvía por el camino en un carro de heno con siete u ocho más, cuando
apareció por el aire una "cosa blanca". Todos lo habían
visto y como era evidente los caballos también, ya que de repente se
desbocaron.
«Esa cosa continuó balanceándose y balanceándose y los caballos
resoplando y resoplando hasta que el carro llegó alas cercanías de la
granja de King, en que se desvaneció.» En 1873 Barrett también había
visto en el mismo lugar una criatura "como una oveja" pateando
el suelo en el camino. Trató de darle un golpe con el bastón, pero
desapareció antes de que el bastón hubiera aterrizado.
Otro hombre, Albert Thorne, dijo que en el otoño de 1904 oyó
"un ruido como un silbido" de hojas y vio cómo un ternero de
75 cm de alto y 1,5 m de largo pateaba, con ojos resplandecientes.
Mientras lo miraba se desvaneció. Incluso otro testigo no identificado
dijo que en el mes de enero de 1905 durante las horas de luna llena había
visto lo que tomó por el perro del vicario en el camino. Era grande y
negro. Creyendo que se había perdido, fue a agarrarlo, cuando resultó
que era un burro que se alzaba sobre sus patas amenazadora mente antes
de desvanecerse.
Grito
Sobrecogedor
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La leyenda
dice que un coche fantasma del siglo XVII, construido con los
huesos de los cuatro maridos de la embrujada Lady Howard -de los
que se dice que fueron todos asesinados por ella- recorre la
carretera que atraviesa el terreno pantanoso desde Tavistock hasta
cerca del castillo de Okehampton, que se muestra en la fotografía.
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Pittman,
Waud y Clarissa Miles relataron una experiencia más enervante. Una vez,
mientras paseaban por el camino, Clarissa fue súbitamente abordada por
un temor irracional y dijo que sentía la presencia de un ser diabólico,
cargado de maleficios contra ellos. También sentía que le faltaba el
aire. Cuando alcanzaron el lugar en que Pittman había visto el cerdo,
los tres oyeron un "grito sobrecogedor' aunque no había nadie más
alrededor. Waud, que había mostrado escepticismo desde el principio
quedó finalmente convencido por este extraño grito terrible de que el
animal fantasma había existido.
Efectivamente, la sensibilidad de los animales, especialmente de gatos y
perros, hacia los fenómenos paranormales es casi un axioma. El parapsicólogo
norteamericano doctor Robert Morris utilizó animales como «controles»
en sus experimentos durante los años sesenta. En una ocasión estuvo
estudiando una casa habitada por fantasmas, y concretamente una habitación
en la que había ocurrido una tragedia. Utilizó un perro, un gato, una
rata y una serpiente de cascabel: «Cuando hice entrar al perro menos de
1 m dentro de la habitación, empezó a gruñir a su dueño y volvió a
salir por la puerta. De ningún modo pudimos evitarlo, y además se negó
a entrar de nuevo. El gato fue introducido en la habitación en brazos
de su amo. Cuando llegó a una distancia parecida dentro de la habitación,
saltó inmediatamente sobre la espalda del amo, clavándole las uñas;
luego saltó al suelo dirigiéndose hacia una silla. Pasó algunos
minutos bufando y mirando fijamente una silla vacía situada en una
esquina de la habitación, hasta que le sacamos fuera...»
La serpiente de cascabel adoptó inmediatamente una postura de ataque,
dirigida contra la misma silla que había intrigado al gato. Al cabo de
un par de minutos giró lentamente la cabeza hacia la ventana, para
luego apartar la vista de ella y adoptar de nuevo la posición de ataque
al cabo de cinco minutos.
El único animal que no reaccionó fue la rata; sin embargo, al cabo de
un rato los cuatro animales fueron examinados en otra habitación de la
casa, y allí se comportaron con toda normalidad.
De hecho, en el confuso mundo de las apariciones (estén dotadas o no de
alma) nadie, ni siquiera el investigador psíquico más versado, sabe
con exactitud cuál es la motivación que las respalda. Lo cierto es que
rechazar el testimonio de muchos cientos de personas respetables que
afirman haber experimentado fenómenos extraños alegando que se trata
de espejismos, engaños provocados por uno mismo o mentiras manifiestas
denotaría una testarudez absurda.
Imaginación
Activa
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Los
fabtasmas suelen ser representados vestidos con sábanas.
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El
eminente psicólogo suizo Carl Jung (1875-1961) estaba
profundamente interesado en muchos aspectos de lo paranormal y registró
con entusiasmo sus propias experiencias en ese campo, a la vez que siguió
durante toda la vida con un entusiasmo activo los descubrimientos que
hacían los parapsicólogos.
Uno de los sucesos más intrigantes que le ocurrieron personalmente tuvo
lugar durante un viaje a Ravena, Italia, con un amigo. Ahí se sintió
especialmente conmovido por un mosaico que representaba a Cristo
extendiendo su mano a Pedro cuando el discípulo parecía estarse
ahogando en el mar. Parece que tanto Jung como su compañero miraron muy
de cerca el mosaico durante mucho tiempo y hablaron de ello con cierto
detalle. Jung, fuertemente impresionado por la imagen y el diseño, quería
comprar una reproducción del trabajo, pero no tuvo la suerte de
encontrarlo.
Al volver a casa Jung supo que otro amigo estaba a punto de visitar
Ravena y le pidió si podría hacer una fotografía de su mosaico
favorito. Con inmensa extrañeza, no obstante, se descubrió que en
Ravena no existía tal mosaico. Jung tuvo que llegar a aceptar que de
todas formas el mosaico debía haber sido una aparición compartida; y
una de las más extraordinarias experiencias de su vida.
Este extraño hecho parece relacionarse con lo que Jung había
denominado "imaginación activa"; una técnica que se sabe que
enseñó a algunos de sus pacientes. En 1935, durante una serie de
conferencias que dio en la Tavistock Clinic de Londres, describió cómo
un joven artista había conseguido proyectarse en un paisaje alpino que
estaba representado en un cartel, llegando incluso a caminar sobre la
colina y a visitar una capilla fantástica que estaba convencido que
existía en la parte inferior.
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