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Huellas De Fuego: ¿Mensajes Del
Purgatorio? |
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La
iglesia del Sagrado Corazón del Sufragio, situada frente al Tíber, en
Roma, constituye una curiosidad en sí misma: es la única construcción
de estilo neogótico de la capital. Pequeña, apretada entre altos
edificios, es una rareza arquitectónica de la Ciudad Eterna. Pero
encierra otras rarezas, además de su aspecto exterior. Dentro
de la iglesia hay algo que quizá sea único en el mundo: en un cuartito
contiguo a la iglesia se puede adivinar lo que podríamos llamar «una
colección de testimonios del más allá». Se trata de un conjunto de sábanas,
hábitos, tablillas y páginas de libros encerrados en vitrinas de
cristal, todos los cuales muestran signos impresionantes: cruces,
huellas ennegrecidas de dedos y de manos. Esta
singular colección fue iniciada en 1897. En aquel año, la capilla de
la Virgen del Rosario, situada junto a la iglesia, se incendió. Cuando
las llamas quedaron extinguidas el párroco de aquella época, Victor
Jouet, observó algo extraño en una pared del altar. Quizá había
sido una jugarreta del fuego, pero el hecho era que el humo había
trazado un dibujo que resultaba, por lo menos, alucinante: parecía un
rostro, un rostro de expresión afligida y melancólica. Jouet
llegó a una conclusión muy personal: quizá era un difunto que trataba
de comunicarse con los vivos, probablemente un alma en pena, condenada a
pasar un período más o menos largo en el purgatorio. El religioso se
preguntó si en otros lugares se habrían registrado apariciones análogas,
y comenzó a realizar investigaciones en ese sentido. La
búsqueda no resultó nada sencilla pero, al cabo de algunos años, el
padre Jouet consiguió reunir muchos testimonios curiosos que parecían
confirmar su hipótesis: en varios casos, almas que se encontraban en el
purgatorio se habían manifestado a los vivos, pidiendo plegarias e
intercesiones que apresuraran su llegada al paraíso. La
documentación relativa a estos hechos increíbles se conserva
justamente en el museo anexo a la iglesia del Sagrado Corazón del
Sufragio, un museo escalofriante que permite revivir, a través de las
dramáticas «huellas de fuego» que han persistido de ellas, las sombrías
historias que ocurrieron en el. pasado.
Era
la noche del 21 de diciembre de 1838. José Stitz estaba leyendo
un libro de oraciones cuando, de improviso, se estampó en una de las páginas
la huella de una mano. El corazón de Stitz dio un brinco de temor,
tanto más porque le pareció sentir una presencia insólita, una ráfaga
de viento frío. Después, creyó escuchar una voz: reconoció la de su
hermano, muerto hacía poco, que le suplicaba que hiciera rezar unas
misas por su alma, para abreviar su estancia en el purgatorio. Stitz se
sobresaltó; creyó que se había quedado dormido un momento, pero no
era así: lo probaba la palma ennegrecida claramente visible en una página
del libro. También
le hermana Margarita del Sagrado Corazón recibió, en la noche
del 5 de junio de 1864, una visita de ultratumba. La religiosa estaba
acostada; de pronto, su celda se llenó de sombras indistintas y una de
éstas se fue concretando, lentamente, hasta hacerse reconocible: era la
hermana Maria, muerta poco tiempo antes. La aparición, vestida
con el hábito de las clarisas –orden a la que había pertenecido la
difunta–, parecía desesperada. Cuando vivía –explicó a la atónita
Margarita– había cometido un grave pecado: había deseado
ardientemente la muerte, con el objeto de sustraerse a los dolores que
le causaba la enfermedad que sufría, y a consecuencia de la cual murió.
Por esto, le habían correspondido veinte años de purgatorio. El «fantasma»
pidió luego oraciones que apresuraran su paso al paraíso. La hermana
Margarita, aunque lógicamente se sentía aterrorizada, creía ser víctima
de una alucinación. Y, para convencerla, la aparición quiso dejar un
signo tangible de su presencia y tocó con un dedo de fuego la funda de
su almohada. Junto
a este documento, se encuentra en la iglesia del Sagrado Corazón del
Sufragio otro testimonio ultraterreno. Fue dejado, el 1 de noviembre de
1731, por el padre Panzini, abad de la ciudad italiana de Mantua.
Su venida a este mundo para pedir la intercesión de los vivos se estampó
sobre la túnica de la venerable madre Isabella Fornari, abadesa
de las clarisas de Todi, con dos huellas, la segunda de las cuales quemó
el hábito y la camisa de la religiosa. El padre Panzini dejó además
otros «signos» en hojas de papel y en una mesilla de madera en la que
hasta quedó impresa una cruz.
La
lista podría continuar largamente, pero bastará con recordar aquí
otra historia vinculada a una huella de fuego. Se remonta a 1814. Una
noche de ese año Margarita Demmerlé, de Metz (Francia), recibió
la visita de la madre de su marido: «Soy tu suegra, muerta de parto
hace treinta años –dijo el fantasma–. Haz una peregrinación
al santuario de Nuestra Señora de Marienthal por mí.» La nuera
obedeció, y cuando hubo realizado la peregrinación, la difunta
reapareció. Después de agradecerle su bondad le dijo que, finalmente,
estaba a punto de ascender al paraíso y le dejó un «recuerdo»: una
huella de fuego en el vestido que llevaba. ¿Qué
decir a propósito de este insólito «museo del más allá»? Quizá
convenga subrayar, en primer lugar, que los episodios ocurrieron en épocas
pasadas, cuando la gente quizá estuviera más dispuesta a aceptar la
posibilidad de estas «visitas». Hay que observar, además, que estas
extrañas apariciones siempre tuvieron lugar por la noche, en las horas
que se han revelado como más idóneas para que se produzcan fenómenos
de alucinación y sugestión. Agreguemos,
finalmente, que algunas de estas historias tienen como protagonistas, ya
a religiosos, ya a creyentes fervientes, como José Stitz, que estaba
leyendo un libro de oraciones cuando se le apareció su difunto hermano. De
modo que bien podríamos imaginar que estas personas –que, por otra
parte, es posible que estuvieran adormiladas, o en esa especie de ligero
trance que tanto se parece al duermevela– hayan provocado ellas mismas
esos fenómenos psicokinéticos. En ese caso, los «fantasmas» y sus «huellas
de fuego» podrían haber sido creados por sus mentes que, fuertemente
impresionadas por su presunto contacto con el más allá, habrían
originado acontecimientos PK.
¿Será
esta una explicación demasiado racionalista? No deja de ser extraño
que ni siquiera quienes creen en la realidad del espiritismo hagan
figurar con seguridad «las huellas de fuego» entre los fenómenos que
dan fe de una comunicación entre este y «el otro mundo». Hechos de
este tipo suceden muy pocas veces en el curso de sesiones mediúmnicas.
El estudioso alemán Hartmann informó acerca de uno, ocurrido en
presencia de la médium Elisabetta Esslinger: En
el transcurso de una sesión, la mujer, antes de estrechar la mano a una
presunta «pobre alma», liberada por medio de sus asiduas plegarias, se
envolvió la mano con un pañuelo. Fue una protección utilísima,
porque el apretón hizo saltar chispas que dejaron sobre la tela trazas
de quemaduras en forma de mano. Por
otro lado, en un opúsculo editado por los misioneros del Sagrado Corazón
se puede leer: La
Iglesia condena el espiritismo, considerado una creencia susceptible de
evocar con prácticas mediúmnicas el espíritu de los difuntos. Pero el
museo recoge solamente huellas causadas por almas que volvieron espontáneamente,
para pedir sufragios de plegarias o buenas obras. Las
«huellas de fuego» se hallan, por lo tanto, estrechamente ligadas a un
problema de fe. Misteriosas, enigmáticas, constituyen un desafío
inquietante para el hombre del año 2000 que, evidentemente, es ya
incapaz de sumergirse en una atmósfera que haga posibles fenómenos de
este tipo.
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