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Katie King: La Materia De Los Espíritus |
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A
finales del siglo XIX surgieron ante un público solícito de hechos insólitos
una gran cantidad de médiums afiliados al movimiento espiritista, de
gran boga en aquella época, que manifestaban poder traer a entes del «más
allá» mostrándolos ante el público que asistiese a sus sesiones. Las
reuniones, por supuesto, en la gran mayoría de los casos, eran
convocatorias a las que se podía acudir previo pago de ciertas
cantidades de dinero. Entre el marasmo de ansiedad e incertidumbre en
que vivía la humanidad desilusionada por las corrientes materialistas
de la época y por una religión que no le ofrecía pruebas palpables,
el movimiento espiritista fue la solución para un público desencantado
del mundo que le rodeaba, y que necesitaba «pruebas tangibles» que la
corriente espirita sí podía ofrecer. De esta forma, surgieron las médiums
de salón, que causaron un gran revuelo por la enorme cantidad de
información que podían suministrar del «más allá». La ciencia
comenzó a interesarse por esta fenomenología, tratando de comprobar qué
había de verídico en todas aquellas manifestaciones. Entre
los hombres de ciencia que se interesaron por este tipo de casuística,
y dentro de ella por la materialización de espíritus de seres ya
difuntos, estuvo el eminente químico inglés William Crookes,
que durante tres años (1871-1874) estudió una curiosa materialización
que decía llamarse Katie King, y que surgía a instancias de una
médium de corta edad –15 años–, llamada Florence Cook Dicho
caso, al que hemos aludido en el primer volumen de «Las Ciencias
Prohibidas», sigue siendo hoy objeto de enconadas discusiones, ya que aún
no ha quedado claro si fue un fraude o una hermosa realidad. Florence
Cook se presentó a William Crookes para pedirle que se ocupara de su
caso. Las primeras sesiones se celebraron en casa del señor Luxmore.
El famoso químico pudo constatar desde un principio que, contrariamente
a lo que se había insinuado –la posibilidad del desdoblamiento de la
médium en un ser igual a ella–, Florence Cook y Katie King eran
personas completamente distintas. En efecto, mientras la aparición
permanecía delante de él percibió con toda claridad un sollozo de la
médium sumida en trance dentro del camarín. No concediendo importancia
a esta prueba, quiso que el fantasma apareciese en el mismo lugar en que
se encontraba la médium Cook, sumida en un trance profundo –estado en
que entran dichos individuos para la producción de fenómenos–, con
objeto de comprobar si eran o no dos personas iguales y verificar o no
la hipótesis del desdoblamiento, ya que el fantasma y su médium
mostraban un increíble parecido. El
Testimonio De Crookes
No
tardó mucho el día en que Katie apareció al lado de Florence Cook.
Pero dejemos que sea Crookes quien nos narre lo sucedido: «Me ocuparé
ahora de la sesión celebrada ayer por la noche en Hackney. Nunca se
apareció Katie con tal perfección; por espacio de casi dos horas se
paseó por la habitación y departió con los allí presentes. Mientras
paseaba me cogió varias veces por el brazo. La impresión que sentí
–de que era una mujer viva la que se encontraba a mi lado y no un
visitante de otro mundo– fue tan fuerte, que no puede resistir la
tentación de repetir una reciente y curiosa experiencia.» «Convencido
de que si no era un espíritu lo que tenía a mi lado, mi acompañante
tendría que ser una mujer, le pedí permiso para cogerla en brazos,
pues, de este modo, esperaba comprobar las interesantes observaciones
que un osado experimentador había hecho públicas poco antes de manera
un tanto prolija. Me fue otorgado el permiso, e hice uso de él del modo
más conveniente, igual que cualquier hombre bien educado se conduciría
en semejantes circunstancias. A mister Volckman le encantará la
noticia de que puedo corroborar su tesis de que el fantasma (que, por
otra parte, no opuso ninguna resistencia) es un ser tan material como la
misma Florence Cook.» «Katie
aseguró que esta vez se sentía capaz de manifestarse al mismo tiempo
que miss Cook. Reduje el gas de los faroles, y luego, con mi lámpara de
fósforo en la mano, entré en la habitación que servía de camarín.
Antes había pedido a un amigo, hábil taquígrafo, que anotara todas
las observaciones que yo pudiera hacer mientras permaneciera en el camarín,
pues nunca se me ha escapado la importancia que se atribuye a las
primeras impresiones; además, no quería confiarlo todo a mi memoria, y
menos aún cuando esto no era necesario. He aquí las notas: "Entré
con precaución en el camarín; estaba a oscuras y tuve que buscar a
miss Cook a tientas. La encontré acurrucada en el suelo. Me arrodillé
a su lado y encendí la lámpara. A su luz vi a la joven, que seguía
con la misma indumentaria de terciopelo negro que al comienzo de la sesión.
Daba impresión de completa insensibilidad. Ni siquiera se movió cuando
la cogí de la mano y acerqué la lámpara a su cara; siguió respirando
a un ritmo muy sosegado."
"Al
levantar la lámpara, miré alrededor y vi a Katie en pie, justo detrás
de miss Cook. Lucía los mismos ropajes blancos y ondulantes con los que
todos la habíamos visto vestida desde el comienzo de la sesión. Cogí
una de las manos de miss Cook con la mía libre y, una vez más de
rodillas, moví la lámpara de abajo arriba, tanto para iluminar la
figura de Katie como para convencerme de a quién veía, de que era ella
la misma Katie a la que minutos antes había estrechado, y no el
engendro de una mente enfermiza. No dijo nada, se limitó a mover la
cabeza en señal de reconocimiento. Tres veces diferentes examiné con
atención a miss Cook, que seguía acurrucada delante de mí, para
asegurarme de que la mano que estrechaba era la de una mujer viva, y
tres veces, asimismo, enfoqué con la lámpara a Katie para observarla
con sostenida atención hasta que no me cupiera la menor duda de que
estaba delante de mí. Por fin, miss Cook hizo un ligero movimiento, y
en el mismo instante Katie me hizo señas de que me fuera. Me retiré
entonces a un rincón del camarín y dejé de ver a Katie, pero no
abandoné la estancia hasta que miss Cook despertó y entraron dos de
los asistentes con luz." «La
estatura de Katie es variable. En mi casa la he visto quince centímetros
más alta que miss Cook. Ayer por la noche, descalza y sin estar de
puntillas, medía once centímetros más que miss Cook. También ayer
por la noche, Katie tenía descubierto el cuello. La piel del mismo era
suave al tacto y a la vista, mientras que miss Cook tiene en el cuello
una cicatriz que, en parecidas circunstancias, es, además, de muy
visible, áspera al tacto. Las orejas de Katie no están perforadas, en
tanto que miss Cook suele llevar pendientes. La tez de Katie es muy
blanca; la de miss. Cook en cambio es muy morena. Los dedos
de Katie son mucho más largos que los de miss Cook y su rostro más
despejado que el de la médium... El pelo de Katie es rubio; el de miss
Cook es de color castaño, pero casi parece negro...» La
vida intelectual del siglo XIX fue más compleja que la de ninguna época
precedente. El hombre de ciencia, que en un principio había ignorado
esta fenomenología, como consecuencia de la restricción del método
empírico, según el cual no se podría concebir que un hecho no
sucediese en todos los casos, si se planteaban las mismas condiciones
experimentales, cosa que no sucede en los fenómenos psíquicos. Sin
embargo, el «boom» del espiritismo era demasiado grande para que la
ciencia no se sintiese atraída a intervenir, encargándose de
realizarlo en un principio Francia e Inglaterra. En la primera, la
figura más eminente fue Charles Richet, premio Nobel en fisiología,
creador del término que agrupa a este período de investigación: «La
metapsíquica». Richet
Estudia A «Ben-Boa»
Pero
volvamos a nuestro tema de las materializaciones, y pongamos al
corriente al lector de una curiosa fantomogénesis estudiada por Charles
Richet en Argel, en la que actuaba de médium Marthe Beraud, hija
de un oficial superior, prometida al hijo de un general, muerto en el
Congo antes de celebrarse la boda. Esta joven, de pequeña estatura,
morena, de ojos vivos, cabellos cortos e inteligencia muy despejada,
producía un extraño fantasma que decía llamarse Ben-Boa,
caballero que aparecía tocado de una túnica y un curioso casco en la
cabeza, de barba hirsuta y que hablaba con los presentes. Sus pies, sin
embargo, no parecían distinguirse, observándose al final del cuerpo
una especie de muñón que parecía sostenerlo. Otro dato curioso de la
aparición es que siempre se esfumaba bruscamente en línea vertical al
suelo, lo que hacía sospechar la posibilidad de que en el piso hubiese
una trampilla por la que el intruso pudiera deslizarse fácilmente, dada
la penumbra usual en que se desarrollaban las sesiones. Pero observemos
las condiciones de control que estableció Richet en las sesiones. La
cámara en la que se realizaban las experiencias se encontraba en un
pequeño pabellón aislado, sobre una cuadra y debajo de un granero. La
ventana había sido condenada y se hallaba cerrada constantemente. La única
puerta se cerraba con llave al principio de cada sesión, y el pabellón
no tenía otra habitación más que aquélla. «Antes de cada sesión,
juntamente con Delanne, lo examinábamos todo meticulosamente.» «Dos
cortinas en el fondo de la cámara aislaban de la misma una especie de
gabinete, completamente oscuro, de configuración triangular, cuya
hipotenusa estaba representada por una cortina de una longitud de 2,5
metros poco más o menos. Los asistentes o espectadores se sentaban
enfrente, a unos 50 centímetros, y a veces, a menos distancia. Entre
aquéllos se contaban el general Noel y su señora; Mlle. X,
Marie y Paule, que eran dos hermanitas de Marthe –adrede
las colocábamos lejos de la cortina–, Delanne y yo. Recibíamos luz
por una lámpara roja como las empleadas en los laboratorios fotográficos.
En el gabinete había una silla, minuciosamente inspeccionada, para
Marthe, y otra para la negrita Aischa, criada de la casa».
«Se
podía, pues, ver perfectamente cuanto pasaba en la sala. También puedo
afirmar con absoluta certeza que ninguna persona podía entrar allí
durante las sesiones». «Seguramente,
como Marthe no estaba atada ni sujeta por las manos, las condiciones de
vigilancia eran más inseguras, pero suficientes, sin embargo, para
poder formar una opinión». Para
Richet, según todas estas declaraciones, queda establecida la
imposibilidad de un fraude por medio de material instrumental, como los
usados en los trucos teatrales, que pudiese utilizar la médium, o que
el fantasma fuera en realidad un individuo extraño, contratado
exprofeso. Veamos
a continuación cómo se desarrolló la materialización de Ben-Boa: «El
fantasma de Ben-Boa apareció muchas veces, cinco o seis, en condiciones
del todo satisfactorias, en el sentido de que no se puede suponer que
fuera Marthe, vestida con un lienzo y tocada con un casco. Hubiera sido
preciso que ésta trajera y llevase uno y otro. Después, simultáneamente,
en varias circunstancias, vimos al fantasma y a la médium. Respecto a
la hipótesis de que fuera un maniquí, es más absurda todavía. El
fantasma andaba, gesticulaba, se movía: se distinguían sus ojos, que
miraban lentamente alrededor; y cuando probó a hablar, se vio cómo se
movían sus labios». La
Respiración Del «fantasma» «Tenía
tal apariencia de vida que realicé la experiencia siguiente: tomé un
frasco lleno de agua de barita, y ensayé la comprobación de si
respirando –porque se oía su respiración– producía, como los
seres vivientes, ácido carbónico que enturbiara el líquido. La
experiencia salió bien. No dejé de mirar el frasco desde el momento en
que lo puse en manos de Ben-Boa, quien en el ángulo izquierdo de la
cortina parecía flotar en el aire, más alto y de mayor envergadura que
la propia de Marthe puesta de pie. Mientras que el fantasma soplaba en
el tubo, se oía el burbujeo del aire, y a la vez preguntaba yo a
Delanne: ¿Véis a Marthe? Delanne me contestaba: "Sí, la veo por
completo." Aischa se encontraba alejada, en el otro ángulo del
gabinete, y yo la distinguía claramente, inmóvil y dormida. También
veía perfectamente la silueta de Marthe sentada en la silla, pero no
podía verle la cabeza ni el costado derecho.»
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