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Pearl
Curran, «amanuense» de Patiemte Worth.
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Este
personaje se presentó a la señora Curran en forma de espíritu por
medio de una ouija, tablero provisto de letras y números a través del
cual los espíritus responden a las preguntas que se les plantean. Tras
unos primeros «balbuceos», un espíritu empezó a frecuentar la ouija
de la señora Curran; se trataba de un espíritu femenino: su nombre era
«Patience Worth».
Al principio fue reacia a dar cualquier información sobre sí misma o
sobre su pasado en la Tierra, e incluso sobre su situación en aquel
momento (fenómeno bastante frecuente en las sesiones espiritistas). Se
limitaba a deletrear enrevesadas advertencias en un tono que insinuaba
ya su vocación literaria. La señora
Curran, cada vez más fascinada por aquellas «visitas», siguió
intentando obstinadamente comunicarse con Patience, rogándole que
empleara un inglés más asequible y que emitiera mensajes más claros.
Patience Worth explicó por fin que había nacido en Dorset (Inglaterra)
en el siglo XVII. Había sido educada en las más estrictas tradiciones
cuáqueras, y su vida había consistido en ocuparse de tareas del campo
y de quehaceres domésticos, hasta que emigró, junto con su familia, a
América. Poco después de su llegada al Nuevo Continente, fue asesinada
por los Pieles Rojas.
Patience Worth dictó a la señora Curran, primero a través de la ouija
y después por escritura automática, numerosas obras, entre las que
destaca la extensa novela "Hope Trueblood", que la crítica
británica, desconocedora de su origen, trató muy favorablemente: su
obra fue estudiada tanto por los investigadores psíquicos como por los
académicos. Su inglés arcaico fue escrupulosamente analizado, y resultó
ser el correspondiente a su lugar y época; su estilo literario fue muy
alabado.
Pero la extensísima cultura de la que
dio muestra resultaba intrigante: desde luego, la señora Curran era un
ama de casa más bien inculta, y Patience Worth, humilde muchacha cuáquera,
difícilmente pudo haber adquirido parte de la información contenida en
sus libros, por ejemplo los extensos conocimientos sobre antiguas sectas
judías que detallaba en su novela "The Sorry Tale".
Algunos espiritualistas opinan que quizá obtuvo su cultura en una
especie de «universidad post-mortem». Otros creen que dichos
conocimientos proceden de los «archivos Akásicos», en cuyo caso se
debería a Patience Worth, al subconsciente de la señora Curran, o -¿quién
sabe?- a ambos.
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Mary Wollstonecraft Shelley (1797-1851), creadora de
Frankenstein, una de las más famosas historias de terror. La
trama le llegó en un sueño.
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Pero no todos los casos de escritura
automática son tan difíciles de descartar como el Patience Worth. Un
importante investigador y hombre de ciencia, el profesor Arthur Ellison,
ha dicho: «Supongo que un tercio de la población de Inglaterra podría
producir algún tipo de escritura automática, pero la mayor parte del
resultado sería un galimatías».
Cualquiera puede intentar el experimento, apoyando apenas un lápiz en
una hoja en blanco, alejando su atención del lápiz y dejando que haga
lo que quiera. Antes se suponía que la escritura automática era un
producto de entidades espirituales, desesperadas por comunicarse y
agradecidas de que se les permitiera utilizar un lápiz. La única
pregunta que se planteaban los creyentes era: el comunicante, «¿es un
espíritu ligado a la Tierra o un espíritu enviado por Dios?» Pero los
garabatos que produce la escritura automática pueden revelar mucho, si
no sobre el mundo de los espíritus, al menos sobre el subconsciente de
quien sostiene el lápiz.
Durante las tres primeras décadas del siglo XX, la escritura automática
se utilizó como herramienta para el diagnóstico y el tratamiento de
las enfermedades mentales. La doctora Anita Mühl fue una pionera de
este método para alentar a los pacientes a expresar espontáneamente
sus conflictos ocultos.
El principiante en materia de escritura automática tiene que ser muy
paciente, ya que pueden pasar horas antes de que la pluma empiece a
moverse, aparentemente, por su cuenta. Algunas personas nunca lo
consiguen, y sólo obtienen garabatos sin sentido o letras amontonadas.
Pero otros reciben mensajes coherentes, inteligentes y -aparentemente-
llenos de sentido; incluso algunas veces transcriben sus comunicaciones
en una letra muy diferente de la suya propia.
Un ex clérigo, William Stainton Moses, fue un médium de la última
mitad del siglo XIX que se «especializó» en escritura automática,
aunque sólo lograba producirla cuando estaba en un trance autoinducido.
Desde 1872 hasta 1883 llenó 24 cuadernos con escrituras inspiradas por
sus trances, mezcladas con «escrituras de espíritus», a veces
firmadas. (Se supone que Mendelssohn firmó una de las páginas.)
Si uno adopta el punto de vista escéptico, algunas obras religiosas del
siglo XIX no fueron dictadas por los ángeles o por Dios, como se
afirmaba, sino que eran resultado de la escritura automática de los «profetas»
. El libro de los mormones, por ejemplo, fue dictado -supuestamente- por
un ángel llamado Moroni a un granjero del estado de Nueva York, Joseph
Smith, en 1827.
Un gran investigador psíquico norteamericano de los tiempos modernos,
el doctor J. B. Rhine, se inclinaba a descartar la escritura automática,
a la que consideraba un «automatismo motor» espontáneo o, como ya habíamos
dicho, la expresión de conflictos, obsesiones o represiones
subconscientes. Probablemente él y otros colegas que coinciden con sus
ideas tienen razón en su juicio acerca de la mayor parte de la
escritura automática. Pero el doctor Rhine admitía que algunos casos,
como el de Patience Worth, por ejemplo, no se explican con tanta
facilidad.
Un caso muy interesante de escritura
automática ocurrió en 1947, por intermedio de la médium Hester
Dowden, que era famosa desde hacía mucho por las escrituras automáticas
que producía, hasta con los ojos vendados. Percy Allen, un escritor,
participó de la sesión en la que mantuvo «conversaciones» por
escrito con supuestos dramaturgos isabelinos. Como resultado de esa sesión,
el señor Allen creyó haber encontrado la respuesta a la pregunta que
ha preocupado a generaciones de críticos e historiadores: «¿Quién
era Shakespeare?» ¿Sería, en realidad, Francis Bacon? ¿O Edward de
Vere, conde de Oxford?.
La señora Dowden afirmaba haber recibido información escrita acerca de
este tema procedente de esos tres caballeros, y de otras personas de
aquella época vinculadas al teatro. Los comunicantes de la señora
Dowden explicaron que las obras de «Shakespeare» habían sido fruto de
un trabajo en equipo. Shakespeare y Edward de Vere, 17° conde de
Oxford, eran los principales colaboradores, mientras Beaumont y
Fletcher, autores teatrales de segunda fila, proporcionaban
ocasionalmente material adicional. Bacon actuaba como una especie de
severo corrector de estilo.
Cada uno se dedicaba a lo que le salía mejor: Shakespeare creaba muchos
de los personajes más fuertes, tanto cómicos como trágicos (por
ejemplo Yago y Falstaff), y demostraba un talento especial para la
construcción dramática. Lord Oxford, en cambio, creaba el «Shakespeare
almibarado», es decir, los pasajes románticos y líricos. Del mismo
modo, la señora Dowden se enteró de que había sido lord Oxford quien
había escrito la mayor parte de los sonetos. También le «dictó»
tres sonetos nuevos a ella.
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William Staiton Moses
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Obra firmada por Mendelssohn
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Edward de Vere, conde de Oxford
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Bacon subrayó una y otra vez a la señora
Dowden que el conjunto literario que el mundo conoce como la obra de
Shakespeare fue una creación colectiva. El mismo Shakespeare dijo, según
afirma la señora Dowden:
«Yo sabía perfectamente qué iba a ser eficaz en el escenario.
Encontraba un argumento (Hamlet fue uno de ellos), consultaba con Oxford
y formaba la estructura del edificio, que él decoraba y poblaba tal
como convenía al tema... Yo era el esqueleto del cuerpo que escribía
las piezas. La carne y la sangre no eran mías, pero siempre intervenía
en la construcción.»
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Un grabado del siglo XIX, titulado «El legado de Charles
Dickens a Inglaterra».
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Por supuesto, la literatura automática
puede ser la dramatización de una creatividad profunda o reprimida que
encuentra expresión por medios que apenas entendemos. Después de todo,
muchos escritores y artistas han «escuchado a sus musas» a lo largo de
los siglos. Con frecuencia, tramas, escenas o personajes minuciosamente
observados han «llegado» a escritores, dramaturgos y poetas. A menudo,
cuando Charles Dickens dormitaba en su sillón, una serie de personajes
aparecía ante él «como si suplicaran que los escribiera». Samuel
Taylor Coleridge soñó la totalidad de su poema Kubla Khan y lo hubiese
escrito entero para la posteridad si no se hubiese presentado una visita,
haciéndole olvidar la mayor parte para siempre. Mary Shelley soñó su
Frankenstein, Robert Louis Stevenson confiaba en sus sueños para
inventar cuentos, incluyendo a los alegóricos doctor Jekyll y mister
Hyde. Pero cuando un escritor como Charles Dickens decía que un cuento
«se escribía solo» , sólo podemos suponer que no quería decir que
su pluma se desplazaba sobré el papel, escribiendo por su cuenta Oliver
Twist. En la práctica, la inspiración posee unos mecanismos muy
diferentes de los que caracterizan la escritura automática.
A mitad de camino entre las dos, quizás, está el extraño caso de
Patrick Branwell Bronté. Fue un personaje desgraciado y antipático,
famoso sobre todo por su incapacidad para controlar el alcohol y el láudano,
y para compartir una casa aislada en los páramos con sus célebres y
excéntricas hermanas Charlotte, Emily y Anne.
Tenía pretensiones literarias, que nunca se concretaron. Sin embargo,
durante uno de los períodos en que trabajó, como administrativo del
ferrocarril, descubrió que podía hacer las cuentas semanales con una
mano mientras la otra, de forma independiente, empezaba a trazar
garabatos. Primero apareció el nombre de su adorada hermana muerta, María;
después, otros fragmentos de prosa y de poesía. Más tarde afirmó
haber escrito otra versión de "Cumbres Borrascosas", por pura
coincidencia, mientras su hermana Emily escribía un libro con el mismo
nombre.
Sin embargo, ésta fue la segunda versión del incidente. Previamente,
había robado el primer capítulo del libro de Emily y lo había leído
a sus amigos como si fuera suyo. Cuando vio que no le creían, inventó
lo de la «otra versión».
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