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Prólogo
Deducimos,
por el estilo, que este curso no es de la mano del Maestro Bovisio, sino
de uno de sus primeros discípulos quien lo escribió para
beneficio de los oradores que explicaban las Enseñanzas en las
reuniones de los grupos. Ya hemos dicho que los Cursos escritos nunca
tuvieron autores declarados; se entregaban a los Hijos en hojas sueltas
mecanografiadas, nunca impresas, y al finalizar el año se devolvían
y se quemaban; al año siguiente se volvían a copiar de nuevo.
Se procedía de esta manera para que las almas no se apegaran a
la letra, ni a las posesiones, sino que, en dinámica de renuncia,
se renovaran continuamente. Como se puede comprobar, esta disposición
no se cumplió, ya que los originales de la Biblioteca Internet
fueron copias que no se quemaron, sino se guardaron amorosamente muchos
años por personas que se alejaron de la Orden después de
la muerte del Fundador. Esta Obra sobre Oratoria que prologamos ha llegado
a nuestras manos recién ahora, como resonancia de la expansión
del Mensaje de Renuncia que venimos promoviendo desde enero de 2001. Aunque
creemos que no es escritura del Maestro, fue corregido y aprobado por
él; por eso lo incluimos en la Colección.
El trabajo
es completo en todo sentido, como disciplina y como arte, desde los tiempos
antiguos en que la palabra hablada tenía más importancia
que ahora, la modernidad, en que los medios técnicos de comunicación
son más penetrantes que la voz directa para la persuasión
de las masas. Pero como la voz sigue siendo el principal vínculo
de comunicación humano, consideramos que este curso ayudará
a las personas que necesitan comunicar: educadores, políticos,
conferencistas, locutores, religiosos, en fin, casi todo el mundo. El
Maestro Santiago nunca registró su voz, aunque desde principio
del siglo XX eran corrientes los discos, el film sonoro y la cinta magnética.
Quien escribe este prólogo puede atestiguar, y recordar, que su
voz era extraordinariamente suave, sin altibajos, muy magnética,
con una excelente pronunciación de las palabras. Reía poco,
apaciblemente, y le acompañaba siempre esa sonrisa triste que se
insinúa en el retrato que encabeza la Portada y los Comentarios.
José
González Muñoz
INDICE
LIBRO
XXXVIII: ORATORIA
Capítulo 1: Elocuencia y Oratoria (1-16)
Capítulo 2: Anatomía del Discurso. Reglas y
Preceptos Oratorios (1-12)
Capítulo 3: Figuras de Palabras y de Pensamiento (1-13)
Capítulo 4: Formación del Discurso (1-18)
Capítulo 5: Ideas, Orden, Formas y Palabras del Discurso
(1-27)
Capítulo 6: El Discurso y el Orador (1-14)
Capítulo 7: Reflexiones sobre la Aplicación
de las Reglas Enunciadas (1-6)
Capítulo 8: Diversos Tipos de Elocuencia (1-13)
Capítulo 9: La Improvisación (1-19)
Capítulo 10: Síntesis Crítica del Estilo
(1-14)
Capítulo 11: Higiene Verbal (1-15)
Capítulo 12: La Voz (1-23)
Capítulo 13: La Lectura (1-17)
Capítulo 14: Esquema Histórico de la Oratoria
(1-53)
Capítulo 15: La Predicación en la Iglesia
Cristiana. Su Ortodoxia (1-12)
Capítulo 16: Oratoria Sobrenatural de los Profetas
Bíblicos (1-20)
Capítulo
1: Elocuencia y Oratoria
1."La
elocuencia (oratoria), dice Kant, es el arte de dar a un ejercicio serio
del entendimiento el carácter de un juego libre de la imaginación;
la poesía es el arte de dar a un libre juego de la imaginación
el carácter de un ejercicio serio del entendimiento".
2.Quintiliano dice que "elocuentia este ars dicendi accomodate ad
persuadendum quod honestum sit, quod operteat" limitando con sus
últimas palabras lo que Cicerón había escrito: "Officium
oratoriae facultatis videtur esse: dicere apposite ad persuacionem; fluis
persuadere dictione". Con todo, la de Quintiliano conviene más
bien a la oratoria, según muchos autores en esta materia, los cuales
reservan el nombre de elocuencia a la facultad natural de conmover los
ánimos por medio de la palabra.
3.Si a esta disposición natural se añade el arte que la
cultiva y hace apta para todos los usos de la palabra, resulta la oratoria.
4.A pesar de su origen natural y de obedecer a poderosos móviles
espontáneos, es preciso acudir a los recursos del arte; pues es
evidente que sin ellos no se conseguiría el fin que explícitamente
la oratoria se propone.
5.Indudablemente que los hombres rudos, los pueblos salvajes, las expresiones
primitivas mismas del hombre, ofrecen modelos de elocuencia natural o,
más bien, de expresiones elocuentes. Pero ni Demóstenes,
ni Cicerón, ni Bossuet habrían podido componer el menor
de sus discursos sin la constancia, sin el amor al estudio y al arte que
no les abandonó un solo momento. En medio del furor de la pelea,
de las conmociones populares, de las asambleas turbulentas, doquiera que
se irritan y se desbordan con furioso ímpetu las pasiones, nacen
de los labios más rudos elocuentísimos rasgos, dignos de
transmitirse a la posteridad. Mas para combatir frente a frente las preocupaciones,
hondamente arraigadas, para triunfar de la inconstancia de los atenienses
y del oro de Filipo, para anonadar la osadía de un Catilina, para
salvar a un nación de una bancarrota inminente, para sostener la
causa de la desvalida Irlanda, para hacer resonar la voz de la religión
en los pechos gangrenados por el vicio, la frivolidad y el escepticismo,
no basta haber nacido con las dotes más privilegiadas, sino que
es indispensable una voluntad de hierro para el trabajo, porque sólo
a fuerza de largos combates y sufrimientos puede adquirirse la ciencia,
el conocimiento del hombre y el libre imperio (juego) de la imaginación,
de las pasiones y de la palabra.
6.De modo que este arte de hablar de manera que se consiga el fin para
que se habla, requiere argumentos sólidos, método claro
y ser la expresión de probidad del orador, junto con la gracia
del estilo y de la expresión, siendo el buen sentido el fundamento
de todo discurso.
7.Este "arte de la persuasión" tiene múltiples
facetas. Pero es preciso aclarar la diferencia que existe entre "convencer"
y "persuadir". La convicción es relativa solamente al
entendimiento; la persuación a la voluntad y a la práctica.
Oficio será del filosofo convencer, pero oficio del orador será
persuadir a obrar conforme a la convicción de la verdad. La convicción
no siempre va acompañada de la persuación. Ellas debieran
a la verdad ir juntas: e irían si la inclinación siguiese
constantemente el dictamen de la egoencia. Puédese estar convencido
de que la virtud y la justicia son laudables y no estar al mismo tiempo
persuadido a obrar conforme a ellas. La inclinación puede oponerse,
aunque esté satisfecho el juicio y las pasiones pueden prevalecer
contra el entendimiento.
8.Será oficio, entonces, del orador, persuadir al ser a obrar conforme
a su convicción.
9.Se establecerán tres grados de elocuencia oratoria: el primero
e ínfimo es el que únicamente mira o agrada a los oyentes:
tal en general la elocuencia de los panegíricos, de las oraciones
inaugurales y otros. Es género ornamental de composición.
El segundo es más elevado y es cuando el orador aspira no solamente
a agradar sino también a informar, instruir y persuadir. Y el tercer
grado es aquél que influye en gran manera sobre el alma y por él
es convencida e interesada, conmoviéndola y arrastrándola
con el orador para disponerla, finalmente, a resolverse a obrar conforme
a la causa expuesta. Generalmente este tipo de elocuencia va acompañada
de cierta sublime pasión que inflama el corazón del orador
y transmite una suerte de fuego vocacional a los oyentes.
10.Los antiguos dividían la locución pública en tres
géneros: el demostrativo era la alabanza o vituperio; el deliberativo,
que supone la persuasión y la disuasión y el judicial (acusar
o defender), que pueden relacionarse a las juntas populares, al púlpito
y al foro respectivamente.
11.Respecto a lo que Quintiliano dice ("Lo principal del arte es
observar el decoro") se agregará el consejo de Cicerón
a los oradores en su "Orador, a Bruto": "La cordura es
el fundamento de la elocuencia, como de todo lo demás. Lo más
difícil en ella, así como en la vida, es ver lo que pide
la decencia y por ignorar esto se yerra muchas veces. Por lo que no se
ha de hablar con un mismo estilo y unos mismos pensamientos a hombres
de diferentes clases, edad y fortuna y en diferentes tiempos, lugares
y auditorios. En cada parte del discurso se ha de atender, como en la
conducta, a lo que es decente, viendo lo que piden el asunto de que se
trata, las personas que hablan y aquellas a quienes se habla".
12.Naturalmente que la mala reputación del orador estorba singularmente
a los efectos de su elocuencia, aún cuando ésta sea verdaderamente
encendida y espontánea. No puede escapar la ética de la
estética. Así la probidad profesional del orador forense,
las costumbres ejemplares y la piedad del orador sagrado, el acrisolado
civismo del orador político, la nombradía científica
del expositor de doctrinas en academias, aulas y congresos, intervienen
en la oratoria a modo semejante que los prismas de diáfano cristal
que centuplican la potencia de la luz.
13.Le es preciso, además, una completa serenidad de espíritu,
un valor contenido y juicioso, el imperio de sí mismo, para conservar
hasta en los momentos de más entusiasmo el pleno dominio de su
voluntad.
14.Ha de tener una sensibilidad viril y profunda, no muelle y lánguida,
buscando en su corazón la vehemencia, cuando la necesita, libremente.
Y de su autoconocimiento deberá surgir el de la miseria y la grandeza
humana que a través de una voz agradable, una reputación
virtuosa, convicción, valor, osadía, intrepidez, sensibilidad,
flexibilidad, memoria, hábito de la reflexión solitaria,
transmitan su discurso intrínseco por medio del extrínseco.
15.A estas cualidades debe unir las intelectuales de una razón
sólida, un espíritu generalizador, analítico y metódico;
juicio rápido y seguro; el ingenio y la cautela del dialéctico,
sin llegar al abuso de extremar sutilezas hasta convertirse en sofístico.
16.Conocerá la elocuencia del silencio, cuando sea menester, la
de la acción, independientemente de la palabra y, sobre todas éstas,
la excelente del amor por la causa abrazada, sabiéndose permanentemente
capaz de ofrendar su vida por el ideal abrazado. La autoridad que brota
de la fidelidad jamás podrá ser superada por ninguna regla
ni precepto oratorio. Y esto es importante que lo sepa desde un principio.
Capítulo
2: Anatomía del Discurso. Reglas y Preceptos Oratorios
1.Como ya
se dejó dicho en la primer Enseñanza de este curso, poco
fruto sacaría el orador de sus cualidades naturales si no fuesen
cultivadas y en este sentido sólo, en la necesidad de cultivar
las facultades recibidas, puede admitirse la frase latina: "poeta
nascitur, orator fit". No se pide hoy, como quería Quintiliano,
que en un libro admirable se ocupó extensamente de la educación
del orador, que ésta empiece desde el regazo de la nodriza, pero
es evidente que el orador debe proceder a un verdadero cultivo y desarrollo
de sus facultades naturales si quiere conseguir que su palabra convenza,
persuada y conmueva. Esta educación debe ser científica
y oratoria. La primera abarca la adquisición de los conocimientos
en que toda elocuencia sólida está apoyada. El fondo de
esta ciencia debe abarcar: Primero y principalmente, las materias pertenecientes
a los asuntos de su incumbencia (en la oratoria sagrada la teología
dogmática y la moral, las Sagradas Letras, la historia de su iglesia;
en la política la doctrina del gobierno, la historia del país;
en la forense el conocimiento de las leyes y de sus principios); segundo,
los conocimientos más enlazados con el ejercicio de la oratoria
(lógica, psicología, estudios generales históricos
y literarios) y tercero, una instrucción todo lo más extensa
posible y no sólo para hacer aplicación inmediata de los
conocimientos adquiridos, sino por la levadura que dejan en la inteligencia.
2.Pero debe recordarse en este punto, primero, que si bien han existido
oradores que, fuera de esta cualidad, han sido sabios eminentes (y sería
de desear que hubiese muchos en cada materia), los estudios científicos
del orador pueden sujetarse a límites más estrechos que
los del sabio; segundo, que el orador ha de ofrecer la flor de la ciencia
y no olvidar, en los casos que su objeto exclusivo no sea enseñar,
la diferencia entre una composición oratoria y una lección
didáctica y tercero, que los conocimientos son letra muerta para
el que debe mover los ánimos si no los fecundizan el estudio práctico
de los hombres, de sí mismo y de su materia doquiera se encuentre.
3.La educación oratoria comprende: el cultivo simultáneo
de las diferentes facultades, procurando reforzar las más débiles
para que las más fuertes no alcancen un predominio que destruya
la armonía que entre todas ellas debe reinar; el estudio de los
modelos no sólo clásicos, sino más bien contemporáneos
y lo más acorde posible con su género especial de oratoria
y temperamento, en los que no buscará formas aisladas que imitar,
sino una coordinación general para improvisar luego, procurando
en ésto ser sobrio para no adquirir el habito de la verbosidad
y la incorrección, y el estudio de la teoría y la lectura
de buenos juicios críticos de las obras oratorias.
4.Son cualidades inherentes al discurso:
La corrección: para lograr esta condición fundamental a
la exposición oratoria es preciso evitar la terminología
extravagante, snob o anticuada, que obran en detrimento de la claridad
total del discurso.
La claridad: para ello es esencial no hablar de un asunto que no se lo
comprenda perfectamente, bajo pretexto de recibir la inspiración
en el momento oportuno, que significará tanto como pretender obligar
a Dios a la propia voluntad. Que los períodos no sean ni demasiado
largos ni demasiado cortos, unos fatigan y otros dejan vacía el
alma del oyente. La variedad es siempre una solución de buen criterio.
Es preciso también no hacer alarde de ingenio, lo que irremisiblemente
conduce a la hinchazón del discurso. De quienes abundan en sutilezas
y conceptos dijo La Bruyere: "Tienen dos capitales defectos: uno
el no tener talento, otro el de empeñarse en mostrar que lo tienen".
Perjudica mucho a la claridad la falta de conocimiento del orador de la
materia que trata. Recuérdese que la concisión es aliada
de la claridad: "lo bueno si breve, dos veces bueno". El evitar
las repeticiones inútiles, acude a esta claridad expresiva. La
espontaneidad aporta en grado no poco importante a esta prístina
cualidad del discurso; recuérdese que se sufre en lo que se cree
que otros sufren o han sufrido, y un orador que se retuerce en búsqueda
de la expresión apropiada intranquiliza en mucho la audición,
que debe ser necesariamente serena. Es preciso, pues, meditar mucho la
materia que se tratará, de donde brotará la fluidez.
Sonoridad y cadencia: la elección cuidadosa de las palabras, su
colocación escrupulosa en cada parte del discurso, la forma y la
duración de los períodos crean la musicalidad a que se alude,
denominada también armonía, o más propiamente melodía.
La forma de la oración: interrogativa, afirmativa, expositiva,
constituyen elementos de esta parte de la oratoria que no deben ser descuidados
y con los cuales debe procederse con mucha mesura.
5.Procurase ahora resumir, luego de las cualidades internas de la pieza
oratoria, aquellas convencionales que también es preciso conozca
y reconozca prácticamente el orador. Se resumirán bajo el
común denominativo de tropos.
6.Metáfora: consiste en trasladar una palabra de su significación
propia a otra ajena: "la mañana de la vida; el invierno de
la edad". Toda metáfora contiene una semejanza oculta.
La alegoría no es más que una metáfora continuada,
relativa en todo su curso al mismo objeto que se tomó como emblema.
7.Metonimia: comprende todos los géneros de traslación y
toma el antecedente por el consiguiente, la causa por el efecto, el continente
por el contenido, el autor por sus obras o al contrario: "un ejército
de cien lanzas; respetar las canas de uno".
8.Sinécdoque: usa la parte por el todo o viceversa; ejemplo: tantas
velas por tantos buques; el género por la especie: el ángel
es condición ingénita de la humanidad (humanidad por hombre);
la materia por la cosa misma: el tañer del bronce; el abstracto
por el concreto y al contrario.
9.La Ironía: consiste en dar a entender lo contrario de lo que
se dice. Esta significación no está en la palabra sino en
el tono que la acompaña.
10.La hipérbole: consiste en exagerar o deprimir una cosa más
de lo que lo permiten los términos naturales; así una leve
estocada es "picadura de un alfiler", un gran lago es "como
un Océano".
11.La antonomasia: consiste en poner el nombre general por el particular
o contrario, como en distinguir a uno por una cualidad notable con el
nombre de otro que la poseyera en alto grado. Así se dice: es un
Cicerón, de uno que es muy elocuente; es un Nerón de otro
que es muy cruel.
12.Es cierto que el orador echa mano a los tropos espontáneamente
y ello es, precisamente, lo que da la belleza a la armonía a su
discurso. Resultaría absurdo que en medio de su exposición
se detuviera a reflexionar qué tropo correspondería utilizar.
Pero en su meditación solitaria, en su estudio, en su ejercicio
deberá, sí, practicar con todas y cada una de estas figuras
para que, mañana, sean la expresión fluida que engalane
el concepto árido, la perorata vigorosa doctrinaria, la expresión
exterior de una vivencia secreta, íntima.
Capítulo
3: Figuras de Palabras y de Pensamiento
1.La "figura",
estrictamente hablando, es aquella modificación en el empleo o
el significado de las palabras que ofrece mayores posibilidades al discurso.
Deben tener dichas formas del pensamiento, o del lenguaje, dos caracteres
esenciales para que con razón reciban este nombre: que con facilidad
puedan ser substituidas por una forma más sencilla, por una forma
no figurada, y que expresen la idea o el pensamiento con más viveza,
más gracia ó con más energía.
2.Las "figuras" son la expresión natural de ciertos estados
de ánimo, de ciertas modificaciones del alma, que exigen un lenguaje
esencial, por así decirlo, en consonancia con el estado espiritual
y que no es posible hallar en la construcción exclusivamente lógica
y gramatical, sino en este lenguaje "figurado". No son invención
del arte; el hombre de pasiones violentas, rudo y sin instrucción,
emplea y se vale del lenguaje figurado. El arte retórico enseña
solamente a emplear tales figuras acertadamente o, por mejor decir, lo
que ha hecho ha sido descubrirlas y clasificarlas. Y de aquí ha
deducido las reglas para su mejor empleo.
3.Estudiadas como licencias, para dar variedad, belleza y energía
a la expresión, toman el nombre de figuras de construcción
en la gramática española. Dichas "figuras de construcción"
-que sólo a título informativo se citan aquí y como
complemento de aquellas que a continuación se verán separada
y detenidamente, relativas a la elocuencia-, se reducen a cuatro por su
orden: hipérbaton, la elipsis, el pleonasmo y la silepsis.
Figuras de palabras:
4.La repetición: consiste en repetir la misma voz al principio
de todos los incisos, miembros o períodos. Dice Cicerón:
"Escipión rindió a Numancia, Escipión destruyó
a Cartago, Escipión salvó a Roma de la ruina de las llamas".
"Nada tratas, nada maquinas, nada piensas".
5.La conversión: se comete cuando la palabra se repite no ya al
principio de cada inciso, miembro o cláusula, sino en su final.
Dice el autor ya citado: "¿Lloráis la pérdida
de tres ejércitos? Los perdió Antonio. ¿Sentís
la muerte de vuestros más ilustres ciudadanos? Os lo robó
Antonio..."
6.La complexión: es la unión de las dos anteriores y consiste
en empezar y concluir las cláusulas con la misma palabra: "¿Quién
ha roto los tratados? Cartago. ¿Quién ha asolado la Italia?
Cartago..."
7.La conduplicación: repite consecutivamente en un mismo inciso
la misma palabra. "Vives, vives y no para deponer, sino para aumentar
tu audacia."
8.La gradación: es el ascenso o descenso que se da al pensamiento
por medio de la palabra. Puede ser ascendente o descendente. Se dice en
la primera: "por un clavo se pierde una herradura, por una herradura
un caballo y por un caballo un caballero". En la segunda: "no
se interesa por la humanidad, ni aún por las naciones, ni aún
por los individuos".
Figuras de pensamientos:
9.Figuras para dar o conocer los objetos.
Descripción y enumeración: si el objeto es único,
se describe; si son varios, se enumera.
10.Figuras para comunicar raciocinios y reflexiones.
Comparación: similar a la metáfora, pero en aquella está
oculta y en ésta desenvuelta.
Antítesis: si la comparación se funda en la semejanza, la
antítesis se funda en la oposición. Para que resalte mejor
el contraste es preciso pintar con mucha propiedad los dos extremos opuestos.
11.Figuras para atenuar una idea.
Preterición: se finge pasar en silencio o indicar sólo muy
ligeramente lo que, sin embargo de este artificio, se anuncia de una manera
muy clara y se fija con pocos pero muy marcados rasgos.
Reticencia: es la figura por la cual el orador se muestra contenido en
medio de su fuego o impetuosidad por alguna consideración de pudor
o de prudencia que le ocurre en aquel instante, y que le obliga a detenerse
y a reservar la idea o frase que iba a emitir.
12.Figuras para expresar y mover los ánimos.
Interrogación: es la más pronta, enérgica y apremiante.
Sujeción: mediante esta figura el orador pregunta a su adversario
u oyentes, encargándose el mismo de dar la respuesta.
Dubitación: por esta figura el orador se muestra dudoso de lo que
debe decir o hacer, aunque lo sabe muy bien y lo tiene anteriormente resuelto.
Exclamación: expresión viva de afectos.
Optación: se expresa un deseo. ("¡Ojalá apague
Mila este farol! Quieran los dioses que su boca derrame...")
Deprecación: es la expresión de un deseo acompañada
con un ruego dirigido a alguna persona para que acceda a las súplicas.
Imprecación: amenazas y maldiciones.
Conminación: su fin es intimidar poniendo a la vista el mal que
se seguirá a los oyentes.
Apóstrofe: por esta figura el orador aparta su vista de los oyentes
para dirigir la palabra a objetos ausentes, a Dios, a la tierra, a los
muertos y aún a seres inanimados o metafísicos.
Personificación y prosopopeya: esta figura de pensamiento por movimiento
presta a las cosas insensibles, sentimientos y pasiones como si estuvieran
dotadas de acción y palabra.
13.Además de éstas existen muchas otras figuras, tanto de
palabras como de pensamientos, que se han excluido por considerar sólo
aquellas capitales para el discurso, y ser la mayoría de ellas
repetición de las enumeradas, sutilizando más ciertos aspectos
tomados generalmente en las que forman esta lista (Así entre las
figuras para comunicar raciocinio y reflexiones, podríanse colocar
la concesión, la corrección o la amplificación, pero
siempre se trataría de comparación y antítesis).
Capítulo
4: Formación del Discurso
Línea
filosófica y desenvolvimiento de sus principios.
1.Se observa que la retórica propone en la formación del
discurso la siguiente discriminación: exordio o introducción,
proposición, división, narración, argumentación
o parte de prueba, refutación, parte patética o de efectos,
epílogo o conclusión. Pero discurriendo un poco obsérvase
que esta enumeración no es exacta.
2.El exordio tiene por objeto preparar al auditorio y, por consiguiente,
es inútil cuando se le encuentra ya preparado. Cicerón,
aprovechando esta disposición favorable del auditorio, empieza
directamente su célebre arenga: "¿Quousque tandem abutere
Catilina patientia nostra?".
3.La proposición se omite por lo general porque va envuelta en
el pensamiento y objeto del discurso, y porque exponerla en términos
precisos daría a aquél el aire de escolasticismo que desdice
su elevación y natural soltura.
4.La división no se necesita sino en las materias y cuestiones
muy complicadas; debe omitirse siempre que sea posible, porque perjudica
la unidad que es la cualidad más importante de toda pieza oratoria.
5.La narración no tiene lugar en los discursos políticos
en que existe sólo una simple exposición. La división,
pues, puede faltar en los discursos y falta frecuentemente. Lo que no
puede faltar es el plan que siempre deben tener, ni el desenvolvimiento
de la idea que en ellos domine.
6.Pero es preciso presentar estas reglas clásicas a que debe acomodarse
el hipotético discurso a fin de dejar sin uso lo que se crea conveniente,
previo conocimiento del todo.
7.Exordio o introducción. No tiene otro objeto que el de preparar
los ánimos del auditorio, captándose el orador su atención,
interés y benevolencia para venir a abordar naturalmente la cuestión.
8.El orador cuando está por iniciar su exposición debe examinar
y conocer la disposición de los que escuchan. Puede ser ésta
indiferente, favorable o contraria. Si domina la indiferencia el exordio
debe procurar reemplazarla por el interés; si las prevenciones
son favorables, la introducción debe aumentar el valor de esta
circunstancia, y si el auditorio está prevenido en contra, es necesario
ante todo que el exordio destruya y desarraigue esta disposición.
9.Todo exordio debe ser proporcionado a la medida que haya de tener el
discurso, y sobre todo notablemente claro. No hay nada que prevenga tanto
contra el orador y contra el discurso que aún no se ha oído,
como escuchar por muestra un exordio enfático, lleno de pensamientos
sutiles y ridículos conceptos premiosos y de frases forzadas. Si
el lenguaje debe ser natural, claro y sencillo, el tono, el gesto y la
fisonomía deben ser modestos, los más a propósito
para interesar y granjearse la atención y buena voluntad. Los tropos
y figuras han de corresponder a la claridad y sencillez que reclama por
su naturaleza.
10.El exordio es una parte del discurso y como tal debe estar con él
íntimamente ligado. De esto se deduce que por regla general todo
exordio que puede excluirse, sin que quite nada a la totalidad, es malo.
11.Algunos autores aconsejan que los exordios se preparen luego de haber
dispuesto todo el discurso. Este método puede aprovechar a los
principiantes, pero no se juzga oportuno ni aún útil a los
que ya estén versados algún tanto en la elocuencia, los
cuales desde que trazan en su mente el plan o la periferia del círculo
que se proponen recorrer, conocen el punto del que deben partir y aquél
al que deben llegar.
12.Proposición. Se dijo que la mayoría de las veces se omite
por no ser necesaria. Si alguna vez se establece, especialmente en la
oratoria sagrada, debe ser breve y clara, de modo que se fije bien en
los oyentes y se recuerde con facilidad, para que se vea que es el eje
sobre el cual gira todo el discurso en su sucesivo desenvolvimiento.
13.División. Ya se anunció que la división es pocas
veces necesaria y debe omitirse siempre que se pueda, porque tiene el
grave inconveniente de romper la unidad. No se olvide que la receptibilidad
de la inteligencia humana es limitada, y es menester facilitar y allanar
los caminos a sus concepciones en vez de rodearlos de dificultades y tinieblas.
14.Narración. Unas veces precede y otras sigue a las partes que
se han recorrido. Debe ser lo más breve posible y sobre todo sumamente
clara, porque ha de servir al auditorio, en todo el progreso del discurso,
de punto continuo de partida y de punto continuo de referencia. Debe ser
en ella el orador escrupulosamente exacto y veraz.
15.Argumentación. Esta parte toca en su esencia a la lógica
más bien que a la elocuencia. Las pruebas que vienen en confirmación
de la exposición y tema están en los sistemas científicos,
religiosos, sociales, en los libros, en las combinaciones que se formulan.
Debe, sobre todo, aumentar el valor de las pruebas y argumentos mediante
reflexiones morales y alusiones históricas hábilmente combinadas
y expuestas.
16.Refutación. Naturalmente que hay materias, objetos y casos que
no admiten pruebas ni refutación, y al mencionar las figuras se
expusieron aquellas que pueden emplearse para anticipar las refutaciones
de los argumentos expuestos por el orador. Esta parte del discurso es
aplicable generalmente al foro o parlamento, más que a la oratoria
sagrada o religiosa, donde sólo excepcionalmente podrán
refutarse las partes, suponiendo que existan.
17.Parte patética o de afectos. Aquí el orador, recomienda
la retórica, debe echar mano de todos sus medios, tanto en la fuerza
de las ideas como en su vehemencia y en el colorido de las imágenes.
Si en el exordio se procuró conciliar la atención y la benevolencia
de los oyentes; si en la narración se presentó la materia
con método y claridad para colocarla a la altura de todas las capacidades;
y en las pruebas se aspiró a grabar una convicción acabada
y profunda en el entendimiento de los que escuchaban, en este período
del discurso, el objeto debe interesar al corazón sin omitir nada
que puede conmoverlo favorablemente; emotividad no apasionada en demasía
sino con cierto aire de solemnidad, con una aristocrática vehemencia,
siguiendo la inspiración y dejándose llevar del impulso
interno más que de la lógica mental, sin olvidar, empero,
el hilo, la esencia y objeto del discurso. Esta será la faz de
la conquista, siendo las anteriores de preparación a fin de que,
llegado a este punto. el auditor se encuentre preparado para la buena
siembra.
18.Epílogo o conclusión. El epílogo no es más
que el relámpago, en el total del discurso, porque si otra cosa
fuera equivaldría a una segunda edición del mismo.
Capítulo
5: Ideas, Orden, Formas y Palabras en el Discurso
1.El orador
necesita hallar los argumentos, presentarlos en un orden conveniente,
adornarlos con palabras y expresarlos con decencia y decoro. Y a esto
se le ha llamado: invención, disposición, alocución
y pronunciación.
2.Invención: consiste en encontrar las ideas y argumentos con que
se propone formar el discurso. ¿Cómo se hallan? ¿A
qué fuente se debe recurrir? ¿Por qué el entendimiento
se niega muchas veces a prestar este servicio?
3.Un autor ha dicho que todo es estéril para los espíritus
estériles, sin autocultivo; que todo es superficial para los espíritus
superficiales y que todo es caos para los espíritus obscuros. La
medida de los seres y los objetos con relación al alma está
en el alma misma. El privilegio de la meditación y la interioridad
está, pues, en encontrar en las cosas relaciones más importantes
y representarlas con formas que correspondan a esta grandeza. El mismo
objeto retratado por una pluma o lengua mezquina adquiere en otra lengua
o pluma formas sublimes.
4.Es preciso adquirir ciertos conocimientos por el hábito de reflexionar
sobre las cosas y los seres. Un examen continuo y profundo sobre las materias
que se ocuparán, son todos manantiales de la invención y
de donde se sacarán los recursos.
5.La lectura exterior es como aquellos alimentos que no se digieren: no
alimentan al alma. Menester es que la reflexión abunde sobre cada
página escogida. De lo contrario las ideas serán fugaces
y nada quedará en la memoria, de donde luego el orador extraerá
el material de su discurso. La meditación, luego, depurará
y orientará dicho material reflexivo.
6.Acercarse al objeto, examinarlo en todas sus dimensiones, recoger todas
las ideas que le convienen, componerlas y descomponerlas sucesivamente,
descubrir el punto de vista más interesante en que deben ser presentadas,
darlas por último en plan y formas de enunciación, he ahí
el trabajo y fruto de la invención oratoria.
7.De la "disposición" se ha tratado ya al marcar las
partes de que puede constar una arenga y respecto a la alocución
se habló de ella en los tropos y figuras. Véase las reglas
de la pronunciación.
8.Pronunciación: tal vez no haya nada más importante que
la pronunciación en todo discurso. Preguntaron un día a
Demóstenes cuál era la parte principal de la oratoria y
contestó: "la pronunciación". ¿Y después
de ésta?, le volvieron a preguntar: "la pronunciación"
respondió. Pero ¿y después de la pronunciación?
insistieron por tercera vez. "La pronunciación", fue
también la tercera respuesta. Naturalmente que dicho orador ateniense
contaba con serios motivos personales para opinar tan extremadamente.
Pero con razón la refería casi exclusivamente a este elemento
de medida y de sonoridad.
9.De tal suerte es ello que la diferencia entre oír a un orador
y leer su discurso impreso luego, es extraordinaria. La palabra impresa
es apenas la sombra del verbo vibrante transmitido vivamente.
10.La entonación, las inflexiones y el ademán suplen mucho
al pensamiento o más bien lo amplían y clarifican, y el
orador que pronuncia bien da calor donde, muchas veces, por la lógica
no lo hay y produce armonía donde retóricamente hace falta
y naturalmente no existe. Así también el mejor discurso,
mal pronunciado, pierde todos sus atractivos. A una mujer se la puede
llamar hermosa y según la entonación de ceremonia, de vehemencia
o de burla la palabra significará un mero cumplimiento, una pasión
viva o una picante ironía.
11.El mismo trozo pronunciado hábilmente en la tribuna y leído
después, aunque se copie meticulosamente, dejan de ser la misma
cosa. ¿Por qué? Porque la acción, que es un lenguaje
que viene en auxilio de otro lenguaje, el tono, las modulaciones de la
voz, el gesto y la expresión de la fisonomía, a veces, son
todos aliados poderosos de los que saca buen partido el orador, y no pueden
transmitirse al papel en que sólo puede trazarse una copia muerta
al lado y en comparación del cuadro vivo y animado que se levantó
en el lugar del discurso. La elocuencia de la acción es, pues,
tanto y más persuasiva que la de la palabra.
12.Considérese separadamente el tono, las inflexiones y la celeridad
en cuanto a la voz.
13.Tono: se dirá por regla general que al empezar un discurso no
debe tomarse la entonación tan alta como se fija, luego, no sólo
porque de otro modo pronto se fatigaría el orador, sino también
porque sería muy impropio empezar con grandes voces una discusión
entonces tranquila y apacible.
14.Inflexiones: puede decirse que la voz humana es un instrumento que
tiene una cuerda distinta para cada emoción. A una de gozo corresponde
una palabra abundante, ligera, animada y viva. A una de pena aguda siguen
sonidos casi inarticulados que vienen a morir en un plañido lastimero;
un dolor profundo pide una palabra lenta y de un timbre grave; los arrebatos
de la desesperación se anuncian por un lenguaje de calor y movimientos,
y por último las impresiones de la felicidad tienen por intérprete
una palabra dulce, tranquila y afectuosa. La declamación aquí,
como ensayo, es sumamente útil y se recomienda.
15.Celeridad: por regla general la palabra, especialmente en la emotividad,
corre con más celeridad al final de los períodos. Fácil
es conocer la exactitud de esta observación. El lenguaje es reflejo
del pensamiento y de él recibe la inspiración, el impulso
y las excitaciones. Es forzoso que se acelere o suspenda según
las vibraciones más o menos lentas, más o menos vivas que
reciba de adentro; y como éstas son siempre más rápidas
en los finales, se hace indispensable que la lengua siga a la precipitación
que le transmite el alma. No parece sino que el pensamiento obedece a
las mismas leyes de gravedad que los cuerpos físicos; acelera su
movimiento a medida que se acerca a su término.
16.Convendrá hacer unas ligeras pausas al concluir algún
período importante.
17.En general se puede decir que no debe hablarse tan velozmente que se
pierdan las palabras, ni tan lentamente que el auditorio en su impaciencia
se ausente mental o físicamente. Todo ello también ajustado
a la naturaleza del discurso: no será la celeridad la misma ante
densos conceptos filosóficos, que ante una asamblea política.
18.El gesto: es un medio útil para hacer notar y sentir lo que
se dice. Revela muchas veces aspectos que las palabras no expresan. Pero
debe usarse con parsimonia y gran mesura.
19.Recuérdese que la fisonomía es fiel reflejo de la veracidad
o falsedad de lo que la lengua expone; sobre todo ello es muy cierto en
lo que a los ojos respecta.
20.En cuanto a los demás movimientos no deben ser de todo el cuerpo,
sino que la acción ha de partir del brazo. El derecho es de más
uso, pero no por eso debe quedar el izquierdo totalmente entregado a la
inmovilidad. La posición del orador debe ser recta, un poco inclinada
hacia adelante porque así el cuerpo queda con más libertad
y soltura.
21.También los movimientos perpendiculares, esto es, línea
recta de arriba abajo, que como dice Shakespeare en Hamlet, cortan el
aire con la mano, deben ser vigilados pues raras veces son buenos. Los
oblicuos son en general los más graciosos. Se deben evitar igualmente
los muy súbitos y ligeros.
22.Esta forma exterior, llamada "elocuencia córporis"
es de gran interés y no debe descuidarse. Pero no se olvide una
necesaria mesura y una autoinspección constante en el discurso,
para no caer ni en la exageración ni en la frialdad que no condicen
con la exposición.
23.Por supuesto que todas estas licencias y reglas están referidas
al tipo ordinario de orador y su validez, consecuentemente, es relativa
al mismo y a circunstancias, lugares y situaciones también comunes,
a las que deberán adaptarse.
24.Los temperamentos vocacionalmente predispuestos, los Iniciados, los
místicos, sabios y santos de todos los tiempos establecieron, de
acuerdo a la característica y circunstancias de su misión,
su propio canon, método, disciplina. Naturalmente que estos casos
son siempre excepcionales y nunca podrán ser tomados como "tipo"
para de allí formular la faz didáctica total. Pero muchas
veces aún estos mismos seres obedecieron al método, a la
síntesis de experiencia que supone una regla, para obviar demoras
que no se justificaran.
25.El género de comunicación que se establece entre un gran
orador político o religioso y su público o fieles, no era
en absoluto el que se establecía entre Gandhi y sus escépticos
oyentes parisienses, según observa un espectador directo.
26.Explicaba a una sala repleta lo que entendía por no-violencia.
Sin desconcertarse, sin titubear, contestó a todas las preguntas
que se le formularon, muchas de ellas embarazosas para otro cualquiera.
Verdadera formulación de su doctrina eran su presencia de espíritu,
justeza, sinceridad y paciencia inalterable. El público, poco a
poco, fue conquistado por ese hombrecillo feo que no utilizaba ninguna
de las recetas habituales de la oratoria clásica, que hablaba con
una extrema simplicidad, sin elocuencia ni tretas de orador, con una voz
que no se elevaba jamás y con un timbre, aunque muy agradable,
que no poseía ninguna cualidad particular.
27.La comunicación entre él y ese público llegaba
por otra vía que la ordinaria, de modo que, aquél hombre
que hablando de su fe en la verdad, en la no-violencia y en el amor, repitiendo
axiomas más trillados que dos y dos son cuatro, inflamaba a una
sala, poseía otro lenguaje que el de la apariencia, y la calidad
de su palabra no dependía del idioma, aún cuando éste
era un inglés correctísimo, ni de ningún recurso
recomendable.
Capítulo
6: El Discurso y el Orador
1.Reglas
para preparar el discurso. Es necesario, ante todo, que el orador se dedique
mucho a la lectura de libros escogidos, donde se encuentran unidas a la
erudición seria y a la solidez de las ideas, la belleza y energía
del lenguaje.
2.No se sabe lo que influye esta ocupación continua en su formación.
Se acaba por contraer sin repararlo el hábito de discurrir y expresarse
con soltura y elegancia cuando se tiene siempre a mano libros que sobresalgan
en este ventajoso tipo. Pero no basta leer: es preciso entregarse a un
trabajo mental muy detenido para ir dando diferente giro a todos los períodos
de la obra que se lee, procurando cambiar su fisonomía y si es
posible mejorarla.
3.En cada uno de estos ensayos desempeñados silenciosamente en
el laboratorio íntimo, se nota que se van rompiendo las trabas
y dificultades en que tropezaba la razón y la lengua, y que empiezan
a crecer las alas que permitirán ensayar algún corto vuelo.
4.Otro de los ejercicios que más conducen al mismo objeto es el
de traducir. La traducción tiene dos ventajas: presentar un tipo
al pensamiento en la obra que se traduce, y tener que pasar por necesidad
revista a un crecido número de palabras, con lo cual insensiblemente
se adquiere un tesoro de voces.
5.Con estos ejercicios previos se puede empezar a hacer tentativas de
componer. Elegido el tema debe meditarse mucho sobre él para encontrar
los pensamientos y coordinarlos de modo que tengan entre sí el
encadenamiento, la filiación y dependencia que les sean más
naturales y lógicos. El orador, aislado en su soledad, entregado
a su afán de análisis e investigación, se mueve en
un círculo de ideas e imágenes que a cada paso se agranda,
y en esta especie de panorama intelectual elige y guarda las que más
conducen a sus miras. Esta disposición mental y composición
reflexiva es necesaria para disponer el ánimo a la verdadera elocuencia.
6.Téngase en cuenta esta advertencia: no se trabaje nunca de prisa,
especialmente al principio, porque querer llegar demasiado pronto equivale
a no llegar jamás. Otra observación: no se tracen discursos
largos, porque éstos se debilitan en su misma extensión
y concluyen siempre por fatigar al auditorio.
7.Es preciso recordar, también, que existen días y momentos
en que todo acude con una presteza y facilidad maravillosas. Parece roto
el lazo que ata el alma a la parte grosera y material y que el verbo se
eleva graciosamente en sutilísimas regiones. Pero otros días
y otros momentos hay aciagos e infecundos en que el pensamiento está
remiso y perezoso; en que apenas se vislumbran las ideas en un lago de
tinieblas; en que no se acierta a formularse y en que hasta la lengua
se niega a prestar su servicio. La sencillez, la humildad, la paciencia
son recursos óptimos en esta disyuntiva. A veces la solemnidad,
las palabras que se han escogido en la soledad y el estudio, la serenidad
y cierta rebuscada lentitud ofrecen el ceremonial propicio para salvar
este escollo.
8.Se añadirá una regla muy especial: cuando el orador ha
combinado ya sus ideas; cuando las ve con claridad y conoce su enlace
y afinidades; cuando sus meditaciones le han suministrado el calor y la
viveza necesaria y tiene abundantes imágenes para inspirarle en
su curso, entonces como preparación, sólo deberá
escribirse las divisiones o arreglo del discurso y las ideas capitales
que han de servir en él de puntos de partida. Para esto con muy
pocos bastan. Y, a veces, incluso éstas no necesitan luego ser
consultadas.
9.Reglas generales para el orador. La primera es aquella que le recomienda
que sea modesto. Cuando el orador se presenta arrojado o petulante, se
sublevan contra él los ánimos que debía hacer dóciles
y benévolos, y sus palabras se escucharán con prevención.
10.Esta precaución es doblemente aconsejable al orador joven y
principiante. Los años y la reputación adquirida dan cierta
autoridad para insistir firme e irrevocablemente en una opinión
enunciada.
11.Pero es preciso que esta modestia no degenere en timidez. La serenidad
y la calma del espíritu se concilian muy bien con la modestia,
y sin aquellas cualidades es imposible de todo punto pronunciar un discurso,
y mucho más una improvisación. El temor ofusca la razón,
entenebrece el entendimiento, embarga la facultad de discurrir y sus síntomas
inequívocos producen indiferencia y lástima en el auditorio,
tan pronto como los percibe. Recomendable es en esta parte el término
medio; pero si se ha de tocar en alguno de los extremos, preferible es
ser osado a ser meticuloso.
12.Otro de los objetos que nunca debe perder de vista el orador, es dar
variedad a su discurso para que no resulte todo él con la misma
entonación y con igual colorido. Como en la pintura, el claroscuro
produce el mérito del realce.
13.Medítese esta frase de San Agustín: "Las palabras
dependen del orador y no el orador de las palabras".
14.Se concluirá advirtiendo una vez más que el decoro y
la circunspección han de presidir todo discurso, y el orador debe
procurar con gran cuidado no confundir nunca la línea del celo
con la del agravio. El lenguaje puede ser medido y circunspecto, sin que
por eso deje de ser enérgico.
Capítulo
7: Reflexiones sobre la Aplicación de las Reglas Enunciadas
1.Ha dicho
un escritor contemporáneo: "No es orador ni el que dispone,
arregla y clasifica bien las ideas, ni el que las produce con armonía
y con las gracias de la elocuencia halagando al oído y a la imaginación
a la vez, sino el que posee estos dos talentos y los sabe reunir y ejercitar".
Y añádase a esto que la elocuencia puede ser buena o mala,
una virtud o un vicio, un ángel o un demonio según el objeto
que se propone y los medios que emplee.
2.A la elocuencia severa de Solón opónese la artera y astuta
de Pisistrato; y a las arengas inmortales de Demóstenes presenta
por contraste las sofísticas y amañadas de Esquines. Lo
que debe llevar, necesariamente, a reflexionar que el orador y la elocuencia
con instrumentos, medios que deben servir decorosamente a fines superiores;
de modo que las meditaciones, en último análisis, deben
ir dirigidas al contenido del discurso y a su sentido, y luego a su forma.
Cuidar ésta descuidando aquella significaría que se está
trabajando más por amor propio que por amor a Dios.
3.El orador antes de empezar a hablar debe reducir en su mente a una fórmula
clara y determinada tres cosas muy diversas, a saber: qué es lo
que va a decir; dónde o en qué parte del discurso lo debe
decir; y cómo lo ha de decir. Cuando se trata de una improvisación,
la operación intelectual sobre estos tres puntos debe ser instantánea.
4.Recuérdese que la lectura, tan recomendable, sin la meditación
aprovecha muy poco y la memoria es un reloj que se para si no se le da
cuerda. Gorgias ha dicho para combatir la funesta confianza de algunos
seres en su "depósito subconciente": "La memoria
es un doméstico a quien se necesita recordar continuamente sus
deberes para que no los olvide".
5.Del orador que fía a su memoria el discurso que quiere pronunciar
con todas las apariencias de una producción súbita y espontánea,
dice Timón en su "Libro de los Oradores": "Que no
siente el dios interior, el dios de la Pitonisa que agita y oprime; que
es el hombre de la víspera y no el hombre del momento; el hombre
del arte y no el de la naturaleza; que, en una palabra, es un cómico
que no quiere parecerlo siendo él mismo su propio apuntador, y
que procura engañarlos a todos y hasta engañarse a sí
mismo".
6.Es ventajoso también formar extractos de cuanto se lee, porque
esto proporciona un gran ahorro de tiempo, y habilita al hábito
de la síntesis.
Capítulo
8: Diversos Tipos de Elocuencia
1.Elocuencia
popular. Es aquella que, teniendo por tribuna el espacio y por auditorio
el pueblo, permite vuelos más atrevidos y menos controlados, imágenes
más osadas y emociones más vivas y profundas que los otros
tipos de elocuencia.
2.Allí se atiende siempre menos a los adornos del lenguaje que
al nervio y energía de lo que se dice.
3.3.El pueblo quiere oír cosas grandes y que se le anuncien con
apasionada voz, con ademanes expresivos y con todos los síntomas
de convicción y de entusiasmo de que sea capaz el orador. Allí
el orador agita o calma las masas con el soplo de su verbo.
4.Elocuencia militar: Es una de las que más grande influencia ha
tenido en los destinos de los pueblos.
5.Embriagar a los hombres para hacerles correr ciegamente tras la imagen
dorada de la gloria; exaltar su espíritu hasta lograr que vayan
a la muerte con la misma alegría con que marcharían a un
festín y entusiasmarlos hasta el punto de hacerles olvidar sus
padres, hijos y esposas para pensar sólo en un ídolo que
tienen a la vista, la patria y la bandera que la simboliza, es la prueba
del poder de la palabra en este tipo de elocuencia.
6.Las victorias de Napoleón se debieron en mucho a esa palabra
de fuego que salía de su boca de caudillo para penetrar en las
filas y transmitir al soldado todo el entusiasmo, toda la arrogancia y
toda la magnanimidad de un jefe. Son notables sus arengas e ilustran muy
particularmente al respecto.
7.Elocuencia académica: Todo debe ser aquí medido y calculado
y sólo se piden delicadeza en la dicción, finura y sutileza
en los conceptos, figuras brillantes en la línea de lo bello y
no en la línea de lo elevado y magnífico; un compás,
una cadencia a que no se ajusta el alma con facilidad en medio de otros
transportes. Se parece esta elocuencia al paseo que se da por amenos jardines.
Timón hizo una exacta pintura de ella: "Tiene una fisonomía
enteramente aparte. Se mira y remira como una coqueta de los pies a la
cabeza. Acaricia la vanidad de los otros para que éstos, a su vez,
inciensen la suya. No gusta de muchas ideas. Se mueve muellemente en medio
de frases estudiadas, de delicadezas impalpables y de finas alusiones.
Se corona de rosas pálidas nacidas del carbón de tierra
en los templados invernáculos del Instituto".
8.Elocuencia sagrada: Se relaciona sólo con las demás, pues
supondría en sí misma un minucioso estudio que escapa a
la dimensión de esta parte del curso.
9.Sus ventajas sobre el orador profano son la de poder elegir su objeto,
meditarlo, disponerlo, formularlo, arreglarlo detenida y cuidadosamente
en el archivo de su memoria, en tanto que el orador profano recibe el
objeto que se le presenta y como se le presente y tiene que hablar sobre
él, las más de las veces, con poca a ninguna preparación.
10.El predicador se dirige a gentes piadosas y devotas, en cuyos corazones
no hay oposición, ni recelos, ni desconfianza; el profano habla
entre adversarios tenaces y a veces ante un público rebelde. En
la boca del predicador casi siempre se oyen palabras de dulzura, amor
y fraternidad, en tanto que el orador profano lanza rayos encendidos y
evoca las pasiones y los odios. El uno sólo procura hacer hermanos,
el otro reducir enemigos.
11.Pero en cuanto a oratoria, siempre tiene de su parte el orador profano
otras ventajas que compensan aquella desigualdad. El predicador es el
hombre del día precedente, de los días anteriores; el orador
es el hombre del momento actual.
12.Sin embargo es cuadro solemne el de esa cátedra en que resuena
la divina palabra. Abogado de su religión, intérprete de
Dios, anunciador de la doctrina o el dogma, padre de sus fieles que como
tal los dirige con su santa severidad y los anima con su angelical dulzura,
es el guía del pecador que va a caer en el abismo y como tal lo
ase y aparta de él con su brazo poderoso, lleva su consuelo y su
esperanza en la palabra y su denodada lucha, aunque no tan aparente como
la del tribuno forense o parlamentario y el patriota, no está libre
de los ataques y resonantes victorias de aquellos. Sólo que son
fruto de soledad y de silencio.
13.Menos temporal por su misión y naturaleza, trabaja no obstante
en temporalidades y desconociendo el efímero triunfo ante los hombres,
debe necesariamente conocer por fe, de una última victoria junto
a Dios.
Capítulo
9: La Improvisación
1.¿Qué
es la conversación? Una improvisación breve que cambia cada
instante de materia y objeto, que desflora y no profundiza. En ella toda
preparación es imposible porque la conversación cambia permanentemente
de fisonomía. No pueden, pues, prevenirse las réplicas,
pensarse de antemano las contestaciones, ni calcular el giro que llevará
la discusión. Todo nace en el momento y las ideas y las palabras
se conciben, formulan y anuncian con la mayor prontitud.
2.¿Qué falta a esa conversación para ser un discurso?
Extensión y seguridad. Es decir: tener ideas con que alimentarla
por más tiempo y palabras que vengan en auxilio de estas ideas.
El discurso continuo no es más que la perfección y prolongación
del discurso cortado del diálogo.
3.¿Qué es improvisar? Es leer con facilidad y prontitud
en las ideas y traducirlas en palabras. ¿Qué se hace cuando
se escribe? Recordar y combinar. Adquiérase, pues, el hábito,
por el uso de la palabra, de hacer instantáneamente estos recuerdos
y estas combinaciones y se será improvisador.
4.La improvisación no es más que la producción espontánea
y repentina de lo que ya se sabe, de lo que antes se ha aprendido y meditado.
Muchas veces, como en la improvisación de los sueños, en
el discurso el alma se remonta a regiones que desconocía conscientemente
y retorna con adquisiciones de una meditación consciente.
5.La conversación, como los discursos, tiene dos objetos: uno ideal
que son los pensamientos, otro material que son las palabras. El primero
se consigue y perfecciona por medio de un estudio asiduo y variado; el
segundo haciéndose de un caudal de expresiones escogidas las más
a propósito por su propiedad, sonoridad y elegancia para representar
la idea con toda belleza y relaciones de enlace posibles.
6.Método: Todo el mecanismo se reduce a dos preceptos: método
analítico para aprender; método sintético para ejecutar.
7.Analítico: Un discurso no es más que el conjunto de varias
partes o párrafos: cada uno de éstos se divide en períodos,
cada período se compone de frases y cada frase es el agregado de
las palabras que la constituyen y que son su cardinal elemento. Analizado
así el todo, el mismo análisis que sirvió de medio
y de guía debe servir en lo demás del procedimiento. Palabras,
frases y períodos formarán la escala del examen y de los
ejercicios.
8.La idea es la palabra pensada, y la palabra es la idea expresada. Se
tratará, pues, de las voces, como signo representativo de la idea
y de los pensamientos.
9.Debe empezarse por hacerse de un considerable número de palabras
escogidas, que se procurará conservar con cuidado en los archivos
de la memoria. Pero no basta saberlas; preciso es que se las examine a
fondo y que se penetre en su propiedad para representar con exactitud
el pensamiento a que deben servir.
10.Uso de los sinónimos: Para aumentar el caudal de palabras (riqueza
del improvisador), conviene ocuparse del examen de los sinónimos.
No pocas veces substituyen en un momento fatal a la palabra que había
perdido el orador.
11.Clasificación de las palabras: Debe el improvisador, también,
clasificar las palabras. Separar las que sirven para expresar pensamientos
grandes y atrevidos, de las que anuncian ideas suaves y dulces; las que
retratan la alegría, de las que pintan el dolor.
12: Sentido propio y figurado de las palabras: Es necesario conocer ambos
y ensayarse el improvisador en continuos ejercicios. La mañana
es una parte del día ; trasládese esta voz a las edades
del hombre y se llamará la mañana de la vida a los años
dichosos de la infancia en que todo sonríe. Cuando se dice: "Que
el hombre de bien goza siempre de algún consuelo en medio de la
adversidad", no se hace más que expresar un pensamiento de
la manera más sencilla. Pero cuando se dice "al justo sale
la luz en medio de la oscuridad", se expresa el mismo pensamiento
en estilo figurado: se introduce una circunstancia (se pone la luz del
consuelo) y se usa de la oscuridad para presentar la idea de la adversidad.
De estas figuras de palabras que se ha llamado "tropos" y que
consisten en emplear palabras para significar alguna cosa diferente de
su original y primitiva significación, se dijo que alterando las
palabras debía desaparecer la figura. "Al justo sale la luz
en medio de la oscuridad", el tropo consiste en no estar entendidas
literalmente "luz y obscuridad sino substituidas por "consuelo"
y "adversidad", a causa de alguna semejanza o analogía
que se supone tienen con estas condiciones de la vida. En esta relación
oculta debe ejercitarse el improvisador.
13.También es preciso practicar con las metáforas y comparaciones.
Metáfora: cuando se dice de un ministro que sostiene un Estado,
como una columna sostiene el peso de todo un edificio, se hace una comparación.
Pero cuando del mismo ministro se dice que es "la columna del Estado"
se hace una metáfora.
14.Un buen ejercicio es el de tomar un libro, leer un párrafo y
procurar después ir trasladando la significación de las
palabras que lo permitan y formando las metáforas, los demás
tropos y las comparaciones que puedan servir a embellecerlo.
15.Formación de períodos: El objeto de esta parte del curso
es el de acostumbrar al estudiante a todos los giros y movimientos oratorios;
debe, por lo tanto, pasar revista en ellos a todas las figuras de pensamiento.
La escala como en un instrumento musical deberá recordar todas
las entonaciones.
16.Princípiese por formular un período sobre un raciocinio
cualquiera en la forma expositiva y pásese después a la
interrogativa, que ya se dijo aumenta la fuerza y energía de le
locución. Vuélvase después el período a su
forma primitiva y repítanse estas transformaciones, hasta adquirir
el hábito de que el pensamiento formule cualquiera de estas dos
vías de enunciación pronta y repentinamente. Iguales ejercicios
deben hacerse y repetirse sobre todas las formas de la retórica
expuestas precedentemente.
17.Sintético: El improvisador, cuando ocupa la tribuna, necesita
abarcar de una sola mirada todo el discurso que va a pronunciar. No en
sus pormenores, porque sería imposible, sino en su esqueleto, en
el orden riguroso.
18.Para adquirir este "golpe de vista" es preciso formar ante
todo el discurso lógico, y una vez poseedores de él, nada
más fácil que formular con la ayuda de los medios obtenidos
en los ensayos el verdadero discurso oratorio.
19.Dicho discurso lógico deberá consistir en el trazado
sobre el papel de las proposiciones cardinales que quiérese enunciar,
enlazarlas y quedar empapado de ellas.
Capítulo
10: Síntesis Crítica del Estilo
1.Es calidad
esencial de toda belleza ser sencilla en sus arreos; "simples munditus".
2.Una de las primeras y más obvias distinciones del estilo es la
que resulta de la mayor o menor extensión que el autor da a sus
pensamientos. Esta distinción forma el estilo difuso y el conciso.
3.El estilo conciso comprime sus pensamientos en las menos palabras que
puede; cuida de emplear sólo las más expresivas y cercena
como redundante toda expresión que no añade alguna cosa
esencial al sentido. No desecha los adornos siempre que puedan hacer más
vivo y animado el estilo, pero se vale para ello de aquellas figuras que
más bien le dan fuerza que gracia. Jamás presenta dos veces
una misma idea. En la coordinación de las sentencias mira más
a la brevedad y al nervio de la dicción, que a la cadencia y armonía
del período.
4.El difuso desenvuelve sus pensamientos completamente; los coloca bajo
diferentes aspectos y da al auditor todos los auxilios posibles para que
los entienda bien. Los oradores de este estilo son generalmente apasionados
a la magnificencia y amplificación.
5.El estilo nervioso y el estilo débil suelen confundirse con el
conciso y el difuso, con los cuales a veces coinciden. Pero no siempre
sucede esto.
6.La causa de la debilidad o de nervio del estilo está en la manera
de pensar de su autor. Si éste concibe fuertemente un objeto, lo
expresará con energía; pero si tiene de él una percepción
confusa, si vacila en sus ideas, si por su pasión o su precipitación
no llega a comprender bien todo lo que debe comunicar a los otros, es
preciso que el estilo se resienta visiblemente de estas faltas. Se hallarán
palabras insignificantes y epítetos vagos. Sus expresiones serán
generales, su coordinación confusa y vaga.
7.Se concebirá algo de lo que se quiere decir; pero no se lo comprenderá
enteramente. En cambio un escritor nervioso, ya use de un estilo conciso
o difuso, puede imprimir a sus pensamientos la fuerza y la energía
de su estilo.
8.La dureza de estilo proviene de las palabras desusadas, de las inversiones
forzadas en la estructura de las sentencias, y del demasiado descuido
de la blandura y facilidad de la construcción.
9.En cuanto al ornato se dirá que puede ser: árido, llano,
limpio, elegante y florido.
10.Es árido el que excluye todo ornato de cualquier clase que sea,
contentándose el expositor que lo entiendan, y es forzosamente
de tipo didáctico.
11.Es llano aquél que se eleva un grado sobre el árido.
Además de la claridad busca la propiedad, la pureza y la precisión
del lenguaje, lo cual es ya una belleza y no despreciable.
12.En el limpio se entra ya a la región de los adornos, pero no
de los más espléndidos. Este orador no desprecia la belleza
de la lengua, pero muestra atención en la elección de las
palabras y en su graciosa disposición, y no en los esfuerzos de
la imaginación o la elocuencia. Sus sentencias son siempre limpias
y exentas de la carga de palabras superfluas. Su cadencia es variada,
pero no de una estudiada armonía.
13.El elegante dice un grado más de ornato que el limpio, y se
da este nombre al estilo que sin exceso ni defecto posee todas las virtudes
del ornato mismo. Claridad, propiedad, pureza en la elección de
las palabras, cuidado y destreza en su coordinación armoniosa y
feliz son sus cualidades. Halaga a la fantasía y al oído,
al paso que instruye.
14.Florido es el rico y galano en demasía para el asunto, cuando
es muy continuo y deslumbra con su oropel. Y este es, casi siempre, un
estilo viciado y vicioso.
Capítulo
11: Higiene Verbal
1.Además
de las recomendaciones del Método y aquellas tan breves y valiosas
de "Reserva", se recapitulará elementos, motivos, tipos
de higiene de la palabra.
2.Amplitud del vocabulario. Método: Buscar sinónimos y antónimos
de cada palabra, a fin de notar los diversos matices y acepciones en las
cuales puede ser empleado cualquier sustantivo o calificativo.
3.Dada una palabra cualquiera, buscar las ideas susceptibles de ser asociadas.
Para ello se necesitan dos obras de consulta: un diccionario común
y otro de ideas afines sugeridas por la palabra. También es recomendable
frecuentar un diccionario etimológico.
4.Para lograr también cierta elasticidad en el lenguaje es conveniente
no sólo inquirir el nombre expresivo de cada objeto que se perciba,
sino también los diversos calificativos referentes a los distintos
estados y manifestaciones de tales objetos.
5.El auto análisis es muy importante respecto al empleo exacto
de las palabras. Se deberá prestar especial atención a las
palabras y a las frases que motivaron un equívoco, que permitieron
interpretaciones erróneas, no conformes con el pensamiento, o que
parecieron causar irritación. En el primer caso falto exactitud
y en el segundo, mesura.
6.Ejercicios de redacción: Asimilar pausadamente el texto de un
cuento o capítulo de novela, sin recordar sus palabras. Luego,
cerrado el libro, reproducirlo con lo que la memoria haya registrado.
Comparar luego ambos trabajos y estudiar atentamente cada uno de los vocablos.
7.Con la ayuda de un texto a la vista, reconstruir el relato mediante
palabras totalmente distintas a las empleadas por el autor.
8.Transcribir un diálogo de una obra teatral, preferiblemente clásica
o contemporánea, alterando todas las palabras, pero conservando
cada personaje su carácter, que se habrá establecido de
antemano.
9.Redactar una lista de cien palabras, formando frases donde figuren éstas;
luego asociar las palabras por su configuración, sentido figurado
y lógica, respectivamente. Leer un cuento y luego hacer la más
apretada síntesis del mismo (trabajo de fichero).
10.Dicción: Es necesario mejorar continuamente la dicción.
Para llegar al control reflexivo sobre todo cuanto se dice, debe comenzarse
por someter a la voluntad todas las expresiones verbales.
11.También es preciso vigilar y tratar de reprimir toda tendencia
a pronunciar palabras automáticas, es decir, aquellas a que se
está propenso a manifestar espontáneamente cuando uno se
deja llevar por los impulsos.
12.Se desterrarán, entonces, las exclamaciones, el uso de pequeñas
fórmulas que estén de moda y que se está inclinado
a repetir sin motivo, y contener todo aflujo verbal que sea la consecuencia
de un sacudimiento de la imaginación, o de una emoción.
13.Será preciso asimismo no dejarse arrastrar jamás a hablar
y poner mucho cuidado en no decir más de lo necesario. Si se trata
de una persona muy voluble, no dejarse llevar por la extrema rapidez de
su conversación a precipitar la propia; con cualquiera sea se tomará
el tiempo necesario para hablar con calma y tranquilidad, sin alzar nunca
la voz ni reaccionar impulsivamente a las palabras de excesos que otro
ser dirija.
14.Se desterraran también las voces regionalistas, el tono, barbarismos.
Todo ello es una cuestión de atención y de voluntad en aras
de la corrección expresiva idiomática. La reflexiva y voluntariosa
abstención de hablar con acento regional y en vencer los vicios
de pronunciación, motivados generalmente por hábitos particulares
contraídos en la niñez o a una conformación bucopaladial
particular, conducen en poco tiempo a esta perfecta dicción.
15.También se facilitará notablemente este autocontrol al
evitar todo aquello que pueda desordenar los automatismos: los alimentos
de trepidación (un régimen de carne en exceso, alcohol,
azúcar o sal en demasía), la cercanía de personas
agitadas e iracundas, las discusiones inútiles, los excitantes
(café, té, tabaco). Especialmente es recomendable no pronunciar
frase alguna que llegue por sí sola a los labios sin haberla controlado.
Asimismo antes de hablar, es bueno esforzarse pensando el efecto probable
de las palabras.
Capítulo
12: La Voz
1.El órgano
de la voz se asemeja, al parecer, a los de la vista y oído, pero
difiere de ellos en un punto esencial: en que las operaciones de la vista
y del oído son resultado de un acto involuntario. Si se abren los
ojos y hay luz, se verá aunque no se quiera; si no se cierran los
oídos y hay ruido, se oirá. El órgano de la voz,
por el contrario, sólo se ejerce por acción de la voluntad;
no se habla sino cuando se quiere hablar.
2.Además, no se puede ver ni oír más o menos, en
medida del deseo, sino cuando uno se sustrae en parte a la acción
de los objetos exteriores poniendo un obstáculo, un velo, entre
uno y el mundo de afuera. No así con la voz; se puede hablar más
o menos alto, más o menos deprisa; se regula la función
de la voz como función propia. Por lo tanto se infiere que se puede
aprender a hablar, por ser ello susceptible de modificarse merced a la
voluntad, a un control reflexivo y constante y de un acopio de energía
vocal diaria.
3.Así como el teclado del piano se compone de varias octavas, divididas
en tres clases de notas (bajas, medias y altas), cuyo sonido depende del
tamaño de las cuerdas, la voz tiene su teclado; dos octavas, como
el piano seis; tres especies de notas y cuerdas más delgadas y
más gruesas, del mismo modo que el piano y a la manera que no se
llega a tocar dicho instrumento sin estudiarlo, tampoco se puede llegar
a manejar bien la voz sin el correspondiente aprendizaje.
4.Si es muy aguda, demasiado grave, gutural o nasal, la voz carece de
claridad; es de emisión fatigosa para quien la posee, y desagradable
para los demás.
5.Es necesario, pues, hablar con una tonalidad media.
6.Para ello puede vocalizarse los Nombres Místicos Solares registrados
en el Curso de "Ceremonial de Cafh".
7.Higiene de la voz: Para conservar la voz en buen estado de salud es
recomendable observar una higiene vocal y general severa, a fin de que
los órganos fonadores desempeñen su función especifica
libres de factores foráneos. Fosas nasales, faringe nasal, bronquios,
pulmones, tráquea, laringe, sistema de resonancia, amígdala
lingual, amígdalas palatinas, etc., deben sistemáticamente
mantenerse sanas. Todo esto como complemento importante a la fundamental
reserva de energía vocal.
8.Interesa resumir algunos consejos respecto a la voz. En primer lugar
es preciso prohibirse terminantemente de cantar o hablar con catarro,
con un resfrío y sobre todo con ronquera, pues esta última
exige el reposo vocal absoluto. Cuántas veces la voz, no sólo
de los profesionales de ella, sino la de aquellos que no han practicado
la mesura indispensable en sus expresiones vocales, luego de una ronquera
aguda, en cuyo transcurso no guardaron un reposo vocal de corta duración
y continuaron abusando de la palabra, quedaron indispuestos por mucho
tiempo, y en ciertas ocasiones la voz no volvió más.
10.Desensibilizacion contra el frío: Uno de los enemigos de la
voz es el frío. Muchos oradores y cantantes viven en perpetuo temor
de resfriarse, de hallarse en una corriente de aire, de que se enfríen
sus pies, etc.
11.La experiencia médica expresa que se puede llegar a ser refractario
a los catarros y enfriamientos. Esa comprobación se confirma entre
quienes viven al aire libre, duermen con la ventana abierta en la montaña
tanto en invierno como en verano, llevan poca ropa y realizan ejercicios
naturales.
12.Es aconsejable, en base a tales hechos, desensibilizarse del frío
mediante algunos métodos o sistemas, que variarán de acuerdo
a la naturaleza de cada uno. Esto partiendo del supuesto de un buen estado
de las vías aéreas (fosas nasales, senos faciales y frontales,
amígdalas y dientes), sin ningún foco séptico nasal,
amigdalino o dentario. La gimnasia respiratoria, el baño, la ducha
fresca luego de la cultura física y respiratoria (el baño
caliente es un error; lo vuelve a uno friolento; sensibiliza para el frío
y predispone a los catarros), son buenos desensibilizantes.
13.Esta desensibilizacion es recomendable que se inicie desde la infancia,
ya que a una edad más avanzada resultará proporcionalmente
más difícil contraer nuevos hábitos. En la adolescencia
y la edad madura hay que entrenarse progresivamente para el agua fría,
y proceder con prudencia. Se comenzará en verano, paulatinamente.
La fricción prolongada (tal como se aconseja en el curso de Gimnasia),
es recomendable, así como la práctica de algunos deportes
y la vida la mayor parte del tiempo posible al aire libre.
14.En todo es recomendable el método de vida y, en lo posible,
la imitación de aquellas que llevan los Hijos en la Comunidad.
15.El tabaco, las bebidas alcohólicas y todo excitante son malos
para la voz, pero el más nocivo -para ellos y para los que deban
vivir en la atmósfera llena de humo-, es el tabaco.
16.Recuérdese que un buen sueño es imagen de la buena salud
y no hubo buen sueño en la noche cuando la voz al levantarse está
ligeramente velada, pesada, como sucia.
17.La calefacción es dañosa porque seca las mucosas de las
vías aéreas, y de este modo las vuelve vulnerables y es
un verdadero desastre para las mucosas con tendencia alérgica.
Es aconsejable poner en los radiadores recipientes con agua para humedecer
el ambiente. Las flores y los perfumes son también peligrosos para
la voz.
18.La fisiología y la patología revelan por otra parte que
hay una relación franca entre la voz y los órganos sexuales,
lo que en forma señalada se ha dejado expresado en el curso de
desarrollo espiritual.
19.Causas de fatiga vocal: La técnica respiratoria defectuosa es
la causa de ciertas alteraciones de la voz. Es preciso aprender a respirar
correctamente. La respiración alta, clavicular, produce sofocaciones,
congestión de la cabeza e inflamación de la faringe. La
respiración abdominal, manteniendo las costillas inmóviles
y exagerando los movimientos del diafragma, comprime los órganos
del abdomen, contrae la musculatura del vientre y de los órganos
vocales, reduce la acción del aparato vocal y lleva al sujeto a
cerrar la emisión de la voz. La respiración buena, normal
y fisiológica tiene que ser total y realizarse sobre todo con el
ensanchamiento de las costillas inferiores. Ha de ser suave, amplia, lenta,
profunda y silenciosa.
20.La integridad del aparato vibratorio, es decir, de la laringe y de
las cuerdas vocales, es todavía más necesaria para la emisión
vocal. Al estudiar el mecanismo se ve que hay una acción muy delicada
de músculos, articulaciones y ligamentos de la laringe, cuyo objeto
es producir el sonido fundamental. Si hay una lesión, ese mecanismo
delicado se alterará y se producirán afecciones de la voz.
21.El mal uso vocal es la técnica defectuosa que consiste en no
utilizar bien el instrumento.
22.Ejemplo: Un conferenciante que habla con un tono demasiado bajo, cosa
que lo obliga a inflar la voz, o que se vale de una voz gutural y que
no tiene alcance, y entonces recurre a la fuerza con miras a hacerse oír.
El resultado es siempre el mismo: fatiga de la voz y congestión
de la laringe. ¿Por qué sucede ésto? Porque se violan
las leyes de la naturaleza al ejecutar un acto contrario a la fisiología
vocal, al sentido común, y no se supo guardarse dentro de los límites
de los medios naturales vocales.
23.En síntesis: conviene saber que todo orador, profesor o cantante
que se fatiga es un sujeto que habla mal, o que canta mal. Esa fatiga
vocal constituye el signo precursor de la pérdida de la voz, y
es la señal de alarma del organismo que es preciso escuchar para
detenerla a tiempo.
Capítulo
13: La Lectura
1.La lectura,
como práctica para aplicarla a la oratoria y también por
sí misma, es importante.
2.La parte técnica del arte de leer versa sobre dos objetos: la
voz y la pronunciación, los sonidos y las palabras.
3.Las tres especies de voz (de lo que se hablara en la primera parte de
la Enseñanza anterior), que se definen por sí mismas: baja,
media y alta, son igualmente indispensables para la lectura. La más
sólida, flexible y natural es la media. El célebre actor
Molé decía al respecto: "sin la voz media no se alcanza
la inmortalidad". El primer precepto será que se de a la voz
media la supremacía en el ejercicio de la lectura; su modo de encontrarla
fue expuesto antes, aún cuando cierto sentido común y espíritu
de observación aguda pueden localizarla.
4.Las cuerdas altas son mucho más frágiles, más delicadas.
Si se abusa de ellas, si se las toca con mucha frecuencia, se gastan,
se destemplan, se ponen chillonas y se descomponen. El abuso de las notas
bajas y aún de las graves, no es menos funesto; lleva a la monotonía,
produce una impresión como pálida, sorda, pesada.
5.La voz media, pues, por ser la ordinaria, sirve para la expresión
de los sentimientos más naturales y verdaderos, mientras que de
las notas bajas, por su gran poder y de las altas, por su gran brillo,
no se debe usar sino con suma discreción, excepcionalmente.
6.La respiración: Respirar es vivir y se respira incorrectamente.
Sin embargo, para leer bien es preciso respirar bien, y no se respira
correctamente si no se aprende.
7.Así como el arpa eolia necesita del aire, impulsado, para vibrar,
así las cuerdas vocales necesitan que el aire de los pulmones se
condense y se transforme en el necesario impulso que permita modular las
notas que se transformarán en palabras.
8.Aspiración y respiración son, pues, los módulos
que se necesitan dominar. Así, pues, para leer un largo trecho
se precisa abastecer bien los pulmones del aire que se gastará
luego. El mal lector no aspira bastante y respira demasiado, esto es disipar
su caudal sin orden ni medida. Como el pródigo, no sabe verter
su caudal con largueza en las grandes ocasiones y ahorrarlo en las pequeñas.
¿Qué sucede? Se ve diariamente: el lector como el orador
se ven obligados a cada instante a recurrir a la bomba, a efectuar aspiraciones
ruidosas, roncas, que se llaman hipidos y que si mucho fatigan al que
habla, no mortifican menos al que oye.
9.Compruébese lo dicho: enciéndase una bujía, colocándose
cerca y enfrente de ella, pronúnciese cantando la vocal "a"
y la llama oscilará ligeramente; más, si en vez de un solo
sonido se recorre una escala, a cada momento se verá temblar la
voz. Pues bien; el cantante Delle Sedie ejecutaba delante de una vela
encendida una escala ascendente y descendente, sin que la luz oscilara.
¿Cómo? Porque no dejaba escapar más que el aire estrictamente
necesario para empujar el sonido fuera, y el aire así empleado
en la emisión de una nota pierde su condición de viento
para reducirse a voz. El común de los seres despilfarra aire constantemente.
10.Debe recordarse que todos los movimientos del alma son tesoros. Ahórrese
para los casos que los merezcan.
11.Para aspirar y respirar libremente conviene colocarse en asiento alto.
Hundido en un sillón no se puede aspirar desde la base de los pulmones.
Y conviene estar muy derecho. Por último, en cuanto sea posible,
la espalda apoyada.
12.Es recomendable el siguiente ejercicio para ir aprendiendo a leer:
elíjase cualquier verso de once sílabas:
13."No me mueve, mi Dios, para quererte..."
14.Hágase una larga inspiración y durante la espiración
que siga emítanse distintamente las sílabas del verso. Si
con once no se experimenta dificultad ni sofocación, pruébase
de pronunciar con una sola espiración dieciocho sílabas:
15."No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes",
después de 24, etc. Si fuera preciso empiécese por seis
solamente, pero siempre con una enunciación reposada, invirtiendo
cuatro o cinco segundos en las doce sílabas.
16.Finalmente es muy importante recordar que se puntúa leyendo,
tanto como escribiendo. Esto, con la observación de la puntuación
en la lectura, es fácil observarlo. No pocas veces una coma mal
colocada al leer, varía el sentido de una frase o la obscurece
totalmente.
17.Muchas veces la lectura en voz alta lleva a revelaciones respecto del
texto. Dícese de una cosa que salta a los ojos, y bien puede decirse
que salta a los oídos. Los ojos corren por las páginas,
salvan los párrafos largos, pasan como sobre ascuas por los pasajes
peligrosos. Los oídos, en cambio, lo oyen todo, no dan saltos,
tienen delicadezas, susceptibilidades, previsiones, que escapan a la vista.
Tal palabra que, leída bajo se hubiese pasado por alto, adquiere
de pronto, por la audición, proporciones colosales; tal frase,
que apenas hubiera sido notada, subleva.
Capítulo
14: Esquema Histórico de la Oratoria
1.Podríase
inferir, no sin acierto, que la elocuencia es hija de la poesía.
Aún no había oradores, en lo que se entiende la oratoria
como arte de persuadir, razonar y debatir, cuando Homero había
cantado su inmortal Ilíada. Pero si bien esto resulta cierto, no
lo es menos que ambas expresiones conquistaron imperios aparte.
2.No es necesario remontarse, para señalar el origen de la oratoria,
a las primeras edades del mundo. En aquellos tiempos hubo, es verdad,
una elocuencia de cierto género en los pueblos; pero se parecía
más a la poesía que a lo que se ha definido como oratoria.
El lenguaje de las primeras edades se supone que era apasionado y metafórico;
debiéndose ello en parte al escaso caudal de palabras de que se
contaba y en parte también a la tintura que el lenguaje debe tomar
del estado primitivo de los hombres, agitados por pasiones y heridos de
acontecimientos extraños y nuevos para ellos. Pero mientras el
trato y la comunicaron de los hombres eran poco frecuentes, y mientras
la fuerza y la violencia fueron los principales medios de que se valían
para decidir las controversias, poco podía conocerse ni estudiarse
el arte de la oratoria como persuasión, exposición y convicción.
3.Por esto, a pesar de ser tan natural en el hombre el arte de persuadir,
no ha florecido la oratoria con igual fuerza en todos los tiempos, ni
ha tenido siempre los mismos caracteres.
4.Así en la época antigua predominaba la oratoria política
sobre las demás, y hasta la oratoria forense tomaba esta dirección,
pues las causas de hallaban ligadas a los grandes intereses del Estado,
tratándose de pedir cuentas del gobierno de una provincia, del
mando de un ejército, de la administración de los fondos
públicos, etc., asuntos que hoy no constituyen por lo común
materia de un proceso judicial. En la Edad Media descolló la oratoria
sagrada y sólo en los tiempos modernos aparecen claramente deslindados
los géneros oratorios, predominando actualmente en todos ellos
el carácter didáctico.
5.Se puede considerar como principales épocas de la oratoria las
siguientes: Grecia, desde Pericles hasta la dominación macedonia
y romana; Roma, desde Catón hasta después de Augusto; Padres
de la Iglesia, griegos y latinos; Oradores cristianos modernos y Parlamentarismo,
incluyendo las revoluciones inglesa y francesa.
6.Grecia: Ya los poetas épicos -y con mayor razón los dramáticos-
colocan en boca de sus personajes diversidad de discursos, y los historiadores
inventan y atribuyen a sus hombres de Estado y generales las oraciones
y arengas que en tal o cual circunstancia debían haber pronunciado.
Y así se ve en los poemas homéricos cómo los héroes
y capitanes se expresan muchas veces en forma oratoria sin dejar el tono
poético.
7.Y lo mismo que en la Ilíada y la Odisea sucede en las Historias
de Herodoto y el ejemplo es seguido durante siglos enteros, pues Grecia,
que fue un país dirigido y gobernado por oradores, dio gran importancia
al género oratorio, que llego a adquirir grandísimo desarrollo,
sobre todo a partir del siglo V a. de J. C.
8.La historia griega presenta, sobresaliendo por encima de tanto orador
notable, a Solón, que parece fue el primer gran orador; a Temístocles
en tiempo de las guerras médicas y Pericles en la generación
siguiente. El primero de elocuencia grave y severa, pero vehemente y varonil;
el segundo de abundancia y persuasiva palabra, y el tercero, que dio nombre
a su época, de "fulminante", como decían los antiguos.
9.El estudio literario de los dos grandes oradores de la antigüedad
citados en último término resulta interesante; además,
para ver lo que era un orador antes de que existiese a retórica,
que más tarde tenía que someter a reglas minuciosas el ejercicio
de aquel arte, que en ellos no obedecía a ninguna norma escrita.
10.Por el mismo tiempo de Pericles se ve brillar a Cleon, Alcibíades,
Otenas y Terámenes. La Oratoria se constituyó como un arte
y una enseñanza en Sicilia, después de la expulsión
de los tiranos (hacia 465 a. de J.C.), según un testimonio de Aristóteles
citado por Cicerón, y recibió forma de manos de Coraz y
Tisias; el primero es el verdadero fundador de la retórica, y el
segundo -discípulo suyo-, escribió un tratado superior al
de su maestro, que era una segunda edición revisada y completada
de la obra del primero.
11.A estos escritores les siguen los sofistas, que desvirtúan el
papel de la oratoria convirtiéndola en instrumento o medio de probarlo
todo, no teniendo para ellos valor alguno el concepto o sentido de las
palabras, cuya importancia radica en sí mismas.
12.Los dos sofistas más importantes son Protágoras de Abdera
(485-411) y Georgias Leontino (486-380), cuyo conocimiento se debe, principalmente,
a Platón, que en sus "Diálogos" pone en boca de
Sócrates notabilísimos razonamientos para confundir a los
sofistas, haciendo ver lo pernicioso de su arte, burlándose de
ellos con delicioso ingenio cómico. Sin embargo, se les debe, en
compensación, haber llevado el ingenio griego a un grado de extrema
agudeza y haber afinado el lenguaje, estudiando hasta la nimiedad todos
los aspectos y sentidos de las palabras.
13.Gran distancia es la que separa a estos oradores judiciales, defensores
de causas y pleitos, a los oradores políticos, de los oradores
clásicos de Grecia, cuya lista empieza con Antifón -orador
político y forense-, que presenta en sus Tetralogías las
ideas o asuntos de cada discurso bajo cuatro aspectos o categorías
diferentes, y que con un estudio constante al servicio de una inteligencia
selecta, había logrado que desaparecieran de sus discursos la pesadez,
sutileza y mal gusto que entonces imperaba en el campo oral.
14.También adquieren fama como oradores judiciales Andócides
(440-390); el gran Lisias, cuyo discurso contra Eratóstenes -por
asesinato de Polemarco, hermano mayor del orador-, es un modelo acabado
de acusación, é Iseo que, según se dice, tuvo la
gloria de dirigir los primeros pasos de Demóstenes.
15.Por encima de estos oradores sobresale Isócrates, que fue llamado
padre de la oratoria, aunque no se atrevió jamás a abordar
las luchas de la tribuna. Es la suya un modelo de oratoria reflexiva y
más que orador se puede llamarle maestro de oradores, ya que escribió
siempre sus discursos para que sirviesen de modelos a sus discípulos.
Cuidó particularmente de la forma, y huyendo de los estrechos límites
de la oratoria judicial y del tono enfático de la tribunicia, forjó
el arma que con la superioridad de su genio tenia que esgrimir Demóstenes.
16.Este fue el orador más grande de Grecia y quizás del
mundo antiguo, y con él desapareció la elocuencia política
griega al desaparecer la libertad de Atenas.
17.Sus discursos, compuestos muy reposadamente y escritos con calma, eran
pronunciados con entusiasmo extraordinario y escritos después para
que su efecto se extendiese. Trataba las cuestiones con gran alteza de
miras, lo cual no era obstáculo para que entrase en pormenores
nimios de organización militar y de hacienda. No seguía
un sistema fijo en cuanto a la forma, encontrándose en sus discursos
frases breves, incisivas y frases largas, erizadas de oraciones y llenas
de pensamientos. Nadie le ha superado en el arte de insinuarse en el ánimo
del auditorio, y en la lectura de sus discursos se han formado los oradores
más grandes de todos los tiempos. Al lado de tan gran orador brillaron
el ingenioso y espiritual Hippiades y el austero Licurgo; y enfrente de
él su rival Esquines, que poseía todas las cualidades opuestas
a las de Demóstenes; Dinarco, que siguió de lejos a éste
y Démades, de una delicada ironía.
18.Antes de perecer por completo la oratoria griega al perder el pueblo
sus libertades tuvo, según el testimonio de Cicerón en su
libro "De los Esclarecidos Oradores", un mantenedor ilustre
en el tribuno Demetrio Falereo (350-285 siempre a. de J. C.), cuyos discursos
no se conocen, y en Teofrasto, el último orador de la Grecia libre.
Mucho tiempo después, en el siglo I de nuestra era, intentó
renovar y rejuvenecer las ideas antiguas tomando como modelo a Demóstenes,
Dión, llamado Crisóstomo o Boca de Oro.
19.Roma: Aunque menos bien dotados que los griegos en todo lo que al arte
y a la literatura se refiere, las circunstancias de la vida política
les obligaron a cultivar el género oratorio.
20.Al principio, mientras no conocieron a Grecia, fue la elocuencia romana
tosca y ruda, y, por lo mismo, ingenua y apasionada.
21.No se habían formado en las escuelas de los retóricos
griegos los Gracos y el viejo Catón y, a pesar de ello, supieron
conmover y persuadir. La forma podía ser ruda, pero el fondo era
excelente y cuando los maestros de Grecia abrieron escuelas en Roma, los
oradores romanos adquirieron inmediatamente las cualidades que les faltaban.
22.Entre los géneros oratorios descuellan el político y
el judicial, teniendo éste como caracteres distintivos la "urbanitas"
y la "gravitas". La historia de la oratoria romana se divide
en tres períodos, de los cuales constituye el centro el de Cicerón.
23.En el período preciceroniano se encuentra a Fabio, de dulce
y elegante lenguaje y modales también elegantes; Escipión,
que se distinguía por el vigor y la nobleza del discurso; Labeón,
Metelo, Galba, Emilio Lépido, los dos Lucios, Espurio, Mummio y
Carbón; Tiberio Graco, arrebatado y vehemente en el decir; Léntulo,
Decio, Druso, Flaminio, Curio, Rutilio, Escauro y Cayo Graco, en el que
aparece una dialéctica robusta y vigorosa unida al lenguaje de
las pasiones, de modo que sus discursos se dirigen a la inteligencia y
al corazón. Y como oradores judiciales, M. Cornelio Cethego, de
estilo sencillo, pero de gran fuerza persuasiva; Catón el Censor,
conciso, intencionado y enérgico; Lucio Licinio Craso y Marco Antonio
(abuelo del triunviro), que según el mismo Marco Tulio fueron los
primeros que elevaron en Roma la elocuencia a la altura que alcanzara
en Grecia.
24.Cicerón, figura gigantesca que sobresale en el periodo clásico
de la literatura romana, no desdeñó -siguiendo el ejemplo
de otros predecesores suyos-, las enseñanzas de los griegos, y
viajó durante tres años por Grecia y el Asia Menor para
perfeccionarse en el arte oratorio, siendo discípulo de Molón.
De los discursos que de él se conocen son famosos y merecen recordarse,
entre los jurídicos, la defensa de Roscio Amerino, acusado de parricidio;
la de Aulo Cluencio, acusado de envenenamiento; la de Milón, autor
del asesinato de Clodio y la de Quinto Ligorio, pompeyano desterrado.
Entre los discursos políticos se recordaran siempre los tres relativos
a la Ley agraria, contra Publio Servilio Rufo, quién pedía
el reparto de los campos italianos; las cuatro admirables Catilinarias
en que el orador se exalta hasta la furia y las 14 Filípicas contra
Marco Antonio, en que trata de hundir por todos los medios posibles a
su enemigo. Las oraciones verrinas, en que hay parte de oratoria judicial
y parte de política, ofrecen gran interés como pintura del
estado social de Roma; aunque estas oraciones son en número de
cinco, parece que sólo fue pronunciada la primera.
25.Cicerón, como todos los grandes oradores de la antigüedad,
preparaba sus discursos con tiempo y llevaba consigo a un liberto suyo,
llamado Tirón, a quien se considera como inventor de la taquigrafía,
que iba copiando sus oraciones a medida que las pronunciaba. Después
Cicerón las leía, corregía y publicaba.
26.Contemporáneo y rival de Cicerón fue Hortensio, de quien
aquél dice en "Brutus" que su palabra era espléndida,
ardiente y animada y mucho más vivo y patético todavía
su estilo, así como su acción y que estaba dotado de memoria
sorprendente, de actividad grande en el trabajo, de exposición
elevada y clara, de lenguaje fluido y de voz dulce y sonora. Al mismo
período que constituye la época de oro de la oratoria romana,
pertenecen: Calvo, de estilo conciso, nervioso y castizo, grave y firme,
que imitaba el de los oradores atenienses, pero demasiado pulido y trabajado;
Asinio Polión, más amplio y armonioso que Calvo y que gozó
fama de gran improvisador; Cesar, de dicción majestuosa y Bruto,
cuya característica era la gravedad; pero teniendo todos de común
lo varonil, lo puro y lo vigoroso de su elocuencia.
27.Después del siglo de Cicerón la elocuencia empezó
a decaer, introduciéndose un estilo declamatorio redundante y afectado,
haciéndose costumbre el enviar los jóvenes al Asia, donde
los profesores de retórica les enseñaban un nuevo modo de
perorar. La escuela asiática, mezcla de sutileza griega y de pompa
occidental, muy seductora en apariencia pero de muy mal gusto en realidad,
pues nada tenía de natural ni de sencilla y sí mucho de
difusa y ostentosa, con pretensiones de deslumbrar mediante golpes de
ingenio, metáforas rebuscadas y adornos superfluos.
28.Solamente merecen mención en este período Domicio Afer,
en tiempo de Nerón, metódico y claro, sencillo y grave,
pero ardiente y enérgico y salpicando sus discursos con rasgos
de gracia e ironía que hacían se le escuchase siempre con
gusto. A su lado figuran, aunque en plano inferior, Crispo Pasieno, Décimo
Lelio y Julio Africano. Posteriores fueron Plinio el Joven, discípulo
de Quintiliano, y Tácito, el historiador; mas tal era el relajamiento
del foro en esta época que Plinio se avergonzaba del estilo corrompido
y afeminado que se empleaba en el Tribunal de los Centunviros y Marcial
ridiculizaba en sus epigramas la manía de las citas inútiles
y de las digresiones fuera de propósito.
29.Entre los pocos cultivadores que quedaron de la elocuencia puramente
romana, figuran algunos españoles, como Latrón y Séneca.
El último orador romano notable es el elocuente defensor del paganismo
Quinto Aurelio Simmaco, que contendió con San Ambrosio sobre el
restablecimiento del altar de la Victoria en el Senado.
30.Padres de la Iglesia, griegos y latinos: Deben ser considerados como
precursores de los oradores sagrados, que con las predicaciones del cristianismo
alcanzaron un nivel artístico superior a la oratoria profana de
su misma época, los libros proféticos de la Biblia, que
por su fin y su forma son verdaderas oraciones.
31.Para caracterizar y definir la oratoria de los profetas hay que tener
en cuenta que no es posible incluirla en ninguno de los géneros
oratorios determinada y específicamente, pues en ella hay mucho
de oratoria religiosa y mucho de oratoria política. Aquellos hombres,
llenos de espíritu de Dios, no sólo anunciaban la venida
del Mesías y el cambio que se operaría, sino también
los trastornos políticos que padecería el pueblo de Israel,
a quien aconsejaban y amonestaban respecto de su conducta, profetizando
la invasión extranjera, la pérdida de la libertad y todos
los males propios de los pueblos decadentes. De ahí que en la próxima
Enseñanza, al tratar sobre este punto, se la ha calificado "sobrenatural"
por su misma naturaleza.
32.Desde los primeros tiempos de la iglesia cristiana se había
ido formando y creciendo la elocuencia sagrada, siendo merecedores de
citación San Justino y Clemente de Alejandría, que hicieron
uso del griego como medio de expresión y Tertuliano, Arnobio de
Licca y Lactancio que emplearon el latín. La figura más
grande, anterior al siglo IV de nuestra era -que es el siglo de oro de
la elocuencia sagrada-, fue San Jerónimo, hombre enciclopédico,
gran erudito y escritor genial.
33.En el siglo IV aparecen los grandes propagandistas de las enseñanzas
de Cristo, sobresaliendo en la Iglesia griega San Basilio, que en palabras
de severa grandiosidad celebra el poder de Dios; San Gregorio Nacianceno,
cuya exhortación sobre el amor de los pobres ha sido muy imitada
por los mejores oradores sagrados; y San Juan Crisóstomo (Boca
de oro) que innovó considerablemente las formas clásicas
de la elocuencia griega, creando una especie de lenguaje universal, capaz
de ser entendido y gustado por todo el mundo.
34."Los oradores que preceden a San Juan Crisóstomo son los
oradores de la lucha", dice el escritor Navarro y Ledesma; "San
Juan es el Orador de la Victoria".
35.En la iglesia latina, además de San Hilario, San Ambrosio y
San Jerónimo, sobresale San Agustín, el verdadero genio
de la expresión religiosa cristiana, que si como orador adolece
de algunos defectos propios de la época es, por otra parte, uno
de los ingenios de más elevación de sentimientos y de ideas
que ha existido.
36.La época de agitación y de continua lucha en que vivieron
estos célebres oradores, hizo que su elocuencia tomase un carácter
fogoso y apasionado, sencillo y popular unas veces, elegante y filosófico
otras, y en algunas ocasiones político.
37En los siglos V y VI sostienen respectivamente el cetro de la elocuencia
cristiana San León y San Gregorio, que ha sido llamado el apóstol
de los bárbaros. Y en España sobresalen Justo, Severo, San
Leandro y San Isidoro.
38.Oradores cristianos modernos: La invasión de los bárbaros
hizo desaparecer la elocuencia junto con todos los otros géneros
literarios y bellas artes, tardando mucho en reaparecer.
39.Sin embargo, en el siglo XI se encuentran oradores capaces de arrastrar
a las muchedumbres y, por lo tanto, elocuentes a su modo, pues sólo
así se explica que Pedro el Ermitaño y los demás
predicadores de las cruzadas, consiguieron que millares de hombres corriesen
a la conquista del Santo Sepulcro. San Francisco de Asís, Santo
Domingo de Guzmán y el Beato Jordán de Sajonia, arrastraron
a las muchedumbres y a la universidades con sus sermones.
40.El renacimiento no resucitó la elocuencia clásica y aunque
la Reforma y sus enemigos, sin olvidar a Savonarola, lucharon con la palabra,
sus formas oratorias tienen poco o nada de retórica. Era preciso
que llegase el siglo XVII para que la oratoria volviese a adquirir el
lustre y esplendor perdidos, siendo la elocuencia sagrada francesa quien
se llevó la palma.
41.En el reinado de Luis XIV florecieron el sublime Bossuet, el enérgico
Bourdalone, el ingenioso Flechier, el dulce Fenelon, el apasionado Massillon
y muchos otros; y no fue sólo el azar que los hizo aparecer en
una misma época, sino que la cátedra sagrada pudo ser ilustrada
de tal modo porque aquellos hombres -sin duda adornados de dotes naturales-,
no hacían más que poner en práctica las reglas establecidas
por Francisco de Sales, el padre de las Ligendes y algunos otros jesuitas,
el abate de Saint-Cyran y los de Port Royal, pues todos estaban acordes
en lo que debía de ser un predicador.
42.En Alemania los más famosos predicadores de la reforma fueron
Lutero y Melanchton, y en Inglaterra se distinguieron como oradores sagrados
Tillotson y Blair. En Italia, la figura del padre Señeri es suficiente
para elevar la oratoria sagrada a un grado de esplendor que, a excepción
de España, pocas naciones logran superar. En Portugal sobresalió
el padre Antonio Vieira, una de las glorias de la Compañía
de Jesús.
43.Aunque la elocuencia sagrada descuella sobre los demás géneros
oratorios, también toman incremento y despiertan de su letargo
la oratoria política y la forense, y nace una nueva forma de oratoria:
la académica.
44.La elocuencia académica ofrece pocos modelos dignos de elogio,
siendo uno de ellos la admirable contestación de Racine al discurso
de recepción de Corneille.
45.Parlamentarismo. Primera Época: La revolución inglesa.
Para hacer una calificación acertada necesario es saber que entonces
había tres escuelas diferentes, a que correspondían tres
diversos tipos de oradores. Una era la escuela de la corte, ingeniosa,
elegante, de que ha participado algún tanto Shakespeare y de la
cual hizo una ingeniosa parodia Walter Scott en uno de sus romances; otra
la de la antigua filosofía, extraña o, por mejor decir,
enemiga de las ideas de la época; y otra elocuencia de la reforma
que bullía por todas partes, aunque todavía ruda e imperfecta.
46.Puede decirse con aproximada verdad que la revolución inglesa
no produjo más que dos grandes oradores: Strafford y Cromwell.
El primero, grande hombre en medio de sus pasiones y a quien se inmoló
y que para hacer más acerba su desdicha tuvo que pasar por desgarradores
desengaños y ver la debilidad y la ingratitud de Carlos I, sostuvo
el mayor valor -en un magnífico discurso por su propia defensa-,
contra 13 acusadores distintos, por espacio de 17 días.
47.Cromwell era el intérprete y el dios de la elocuencia puritana.
Puritanismo de virtud, desprendimiento y martirio.
48.De su elocuencia, vigorosa aunque ruda, hace Voltaire un magnífico
elogio y concluye diciendo: "Un movimiento de aquella mano que había
ganado tantas batallas y dado muerte a tantos realistas, producía
más efecto que todos los períodos de Cicerón".
49.Esta elocuencia se poseyó con más brillo y con más
ventajas por el célebre Pitt y por el opulento Fox, que nombrado
por el Parlamento a la edad de 19 años, supo emanciparse e hizo
oír varias veces su voz en defensa de las leyes y de los católicos.
50.Segunda época: la revolución francesa. El cuadro más
grande de la elocuencia moderna la presenta la Revolución Francesa,
acontecimiento que con la reforma de Lutero ha compartido la admiración
del mundo. ¿Cuál era su carácter? ¿Se parecía
a la inglesa, hija de sus tradiciones y de sus antiguos recuerdos? ¿Se
parecía a la de Polonia formada entre agitaciones de una anarquía
guerrera? ¿A la de Grecia y Roma? No. Tenía un carácter
nuevo, debido en gran parte a su origen literario, filosófico y
esotérico.
51.Esta elocuencia nueva en su género era más grande, más
atrevida, más sistemática que las demás elocuencias
oratorias conocidas hasta entonces, Mirabeu, Virgniadu, Barnave, Dantón,
Desmoulins, Robespierre y tantos otros, hicieron conocer al mundo hasta
dónde alcanzaba la vivencia y la fuerza de aquella palabra, inflamada
por ideales.
52.También los militares como Napoleón, los políticos
como Royèn-Collard, Benjamín Constant, el general Foy, Casimiro
Ferier, Thiers, Guizot, Lamartine, Jocqueville, Montalembert y Gambetta
y los abogados como Berager, Dufaure y Favre, ocupan un lugar elevado
en la historia del arte oratorio francés.
53.En cuanto a la oratoria parlamentaria española se oirá
que los más representativos de finales del siglo XIX y principios
del XX han sido, al mismo tiempo, los hombres de la política constructiva
de España. Figuran, entre otros, Salustiano de Olòzaga (1805-1873);
Antonio Cànovas del Castillo (1828-1897); Cristino Martos y Balbi
(1830-1893); Francisco Pi y Margall (1824-1901); Nicolás Salmerón
y Alonso (1838-1908); José Canalejas Mendez (1854-1912); Juan Donoso
Cortés (1809-1853); Emilio Castelar y Ripoll (1832-1899); Juan
Vazquez de Mella y Fanjul (1861-1928); José Echegaray e Isaguirre
(1833-1916); Segismundo Moret y Prendergast (1838-1913); Antonio Maura
Montaner (1853-1925); Melquíades Alvarez González Posada
(1864-1936); y Ramón Nocedal y Romea (falleció en 1907).
Capítulo
15: La Predicación en la Iglesia Cristiana. Su Ortodoxia
1.La predicación
(pro aperto dísere) es aquella legítima dispensación
de la palabra de Dios. Entiéndese, además como la transmisión
oral de una doctrina a través de sus autorizados ministros. El
cuerpo de la doctrina es formulado entonces por medio de reglas, preceptos,
principios que su agente religioso transmitirá íntegra y
fielmente; y en ésta fundará, acrecentará y conservará
la revelación de la que la palabra es vínculo en la mística
de la predicación.
2.En este sentido la iglesia cristiana fue aquella que mayor importancia
asignó a la predicación, y como medio necesario para la
transmisión de la doctrina fue establecida por el mismo Jesús
repetidamente y como misión principal confiada a los apóstoles
y sucesores, con el mandato de ir y enseñar a las gentes y también
cuando les ordena predicar el evangelio del que él mismo se confiesa
predicador en la tierra y así como ha sido enviado envía
a sus discípulos.
3.La necesidad de la predicación fue una de las cosas que motivó
el establecimiento de los diáconos por los apóstoles a fin
de poder mejor dedicarse éstos a ella. Es, pues, la predicación
la misión principal de los sucesores de los apóstoles, no
siendo lícito abandonarla para atender a otras ocupaciones. En
esa misión podrán tener auxiliares; pero sólo auxiliares,
no sustitutos, salvo caso de legítimo impedimento.
4,Así fue entendido desde el establecimiento de la iglesia romana,
encargando los Padres, los cánones y los concilios constantemente
a los obispos el ministerio de la predicación. San Hilario, San
Jerónimo y San Agustín lo conforman. En Roma hasta el papa
León, en África hasta San Agustín y en oriente hasta
San Crisóstomo, la predicación conservó el carácter
de aquella de los tiempos de persecución, consistiendo en pláticas
o exhortaciones e instrucciones familiares, sin previa preparación,
sin que los predicadores las escribiesen ni los fieles las recogiesen.
San Gregorio Nacianceno fue uno de los primeros que puso en los sermones
el arte y las bellezas de la elocuencia, por lo que hubo copistas que
los recogieron.
5.El papa León escribiendo a Máximo de Antioquia y a Teodoro
de Ciro, declara que la autoridad primitiva de predicar en dicha iglesia
está reservada a los obispos. Durante los siglos siguientes siguió
considerándose como deber esencial de éstos.
6.Cesáreo de Arlés se destaca en ello admirablemente, habiendo
descargado todas las preocupaciones temporales en sus diáconos
para dedicarse mejor a la plegaria, el estudio y la predicación,
excitando a los otros obispos para que le imitasen, y cuando por su edad
avanzada no pudo predicar sus sermones los hizo leer por sus presbíteros
y diáconos, y también los de San Ambrosio y San Agustín.
7.Tan extrema importancia se le asigna en dicha iglesia que desde un principio
se prohíbe a los laicos. Una decretal de Gregorio IX manda al arzobispo
de Milán sobre la universal prohibición al respecto, e impone
la pena de excomunión a los que osaren realizar esta usurpación
pública o privadamente. Como detalle curioso figura el hecho de
que excepcionalmente algunos reyes, considerados como doctos, predicaron,
lo que se permitió por ser dichos reyes en aquel tiempo fervientes
cristianos y estar ungidos del Señor a causa de la unción
que recibían de manos del Papa o de sus obispos.
8.Surge la suma importancia que ha concedido siempre la iglesia católica
a la predicación, del hecho de haber dictado al respecto varios
concilios (disposiciones del Tridentino y complementarias; de Toledo;
de Sens y las normas dictadas por la Sagrada Congregación Consistorial
el 28 de junio de 1917).
9.En la iglesia ortodoxa la predicación se rige por reglas semejantes
a las de la iglesia católica, exigiéndose licencias individuales
del obispo para predicar.
10.Entre los protestantes la predicación constituye la parte más
importante del culto y finalmente la Cámara baja del Parlamento
Eclesiástico Anglicano acabó por aprobar el 14 de febrero
de 1922 la proposición autorizando a las mujeres para predicar
en reuniones. Excepto en Inglaterra, no se necesitan órdenes para
predicar, requiriéndose no obstante cierta ciencia y ser pastor.
11.Todo esto respecto a la predicación en general. En cuanto a
la denominada específicamente "predicación sagrada",
entiéndese por esta definición la enseñanza oral
de las verdades reveladas y la exhortación a la práctica
de la virtud, teniendo por objeto persuadir; esto es: ilustrar la inteligencia
y mover la voluntad conforme a ella.
12.No es lo mismo oratoria sagrada y predicación sagrada; aquella
es el conjunto de reglas para predicar con elocuencia; ésta reduce
a la práctica estas mismas reglas. Según San Agustín,
un doble principio divino y humano informa a este tipo de predicación
sagrada. El divino abarca tres elementos: la misión, la doctrina
y los auxilios. El humano lo constituye el predicador, el cual para llevar
a cabo y convenientemente su cometido no puede olvidar las reglas cuyo
conjunto constituye el arte oratorio, debiendo conocer asimismo las fuentes
de la materia predicable. Al respecto es ilustrativa la encíclica
que Benedicto XV dirige a los patriarcas, primados, arzobispos y demás
ordinarios el 15 de junio de 1917.
Capítulo
16: Oratoria Sobrenatural de los Profetas Bíblicos
1."El
pueblo de Florencia no parece ignorante ni grosero; sin embargo fue persuadido
por fray Jerónimo Savonarola de que hablaba con Dios. Y no quiero
juzgar si era verdad o no porque de tal hombre se debe hablar con reverencia;
pero yo digo bien que muchísimos lo creyeron sin haber visto cosa
alguna extraordinaria para hacerles creer así: porque su vida,
la doctrina y el tema que desarrollaba eran suficientes para que se le
prestase confianza", dice Maquiavelo en sus "Discorsi",
refiriéndose al profeta de la muerte de Lorenzo de Médicis
y del papa Inocencio, y de la llegada del nuevo Ciro a las tierras de
Italia. Aún cuando el público del prior de San Marcos no
se diera cuenta por entonces si la predicción respecto a la muerte
de Lorenzo el Magnífico se produciría estando presente dicha
generación para asistirla, la actitud adoptada por fray Jerónimo
era la del profeta aún cuando no lo publicara explícitamente.
Como bien dice su biógrafo la figura, el gesto y el tono eran los
de hombre inspirado; cuando hablaba del castigo en perspectiva su voz,
su ademán y sobre todo el íntimo convencimiento de su palabra
hendían con poderoso influjo en el ánimo de quienes le escuchaban.
2.Se señalará aquí particularmente la presencia de
la "voz profética" antes que la profecía en sí,
materia esta última que escaparía a las dimensiones de esta
última parte del curso tocante a la oratoria sobrenatural, luego
de haber discurrido sobre la ordinaria.
3.Posiblemente interesara a los vecinos de Florencia la comprobación
histórica de la profecía del fraile -cosa que sólo
ocurrió un siglo más tarde-, pero el mensaje, la transformación,
la divina vibración de Savonarola-verbo, alcanza la zona más
íntima y basamental de ese pueblo y se puede dilucidar fácilmente
que, en esos momentos, por su carácter, ella escapa a la limitación
ordinaria y se convierte en oratoria sobrenatural.
4.Los apóstoles reunidos en cenáculo hablaban todos los
idiomas, dice el Nuevo Testamento. La fuerza de sus plegarias vocales,
emitidas durante cuarenta días consecutivos habían formado
una vibración tan fuerte que les ponía en condiciones de
comprender la palabra por el simple movimiento vibratorio. Naturalmente
que los 40 días consecutivos de permanente oración fluyen
del corazón inspirado en Dios y el verbo entonces ha de tomar la
misma característica foàtica que la de aquellos profetas,
tanto de la antigua como de la nueva alianza; y es particularmente en
ese "pueblo de Dios", en Israel, donde la oratoria sobrenatural,
la profética, surge a raudales, siendo sus 4 mayores Isaías,
Jeremías, Ezequiel y Daniel.
5.En los tiempos de la expectación mesiánica de los israelitas,
su pueblo tenía muy presente las palabras y prenuncios de Moisés
en el Deuteronomio: "el Señor te suscitará un profeta
de entre tu gente y de entre tus hermanos semejante a mí y tú
le oirás". Y acaso más que a ningún otro pueblo
de la tierra podríamos llamar a éste el de la oratoria profética
por antonomasia.
6.¡Maravilloso pueblo, en verdad, donde los padres, como Zacarías,
anuncian a sus hijos que arderá su lengua en el fuego venturoso
y terrible de los grandes anuncios, como ardieron los de Juan el Bautista!
Estos seres que transmiten a los hombres las revelaciones recibidas de
Dios poseen la oratoria jerárquicamente más elevada y, aún
cuando Pablo de Tarso sitúa primero a los apóstoles, no
sería aventurado suponer que la Buena Nueva era llevada apostólica
y proféticamente indisolublemente.
7.En verdad y como lo entiende la Sagrada Escritura, el profeta no es
sólo aquél que prevee y predice las cosas futuras, sino
el que habla por Dios o en lugar de Dios y como intérprete de Dios;
"he aquí que te he puesto por Dios de Faraón; y Aarón,
tu hermano, será tu profeta. Tú le hablarás todas
las cosas: y él hablará a Faraón, que deje salir
a los hijos de Israel de su tierra" (Éxodo, VII, 1 - 2); "háblale
(a Aarón) y pon mis palabras en tu boca: y yo seré en tu
boca, y en la suya, y os enseñaré lo que habéis de
hacer. El hablará por ti al pueblo, y será tu boca: y tu
serás para el como dios" (Éxodo IV, 15).
8.Tres notables instituciones se encuentran en el pueblo de Israel: los
reyes, los sacerdotes y los profetas. El poder real estaba vinculado a
la tribu de Judà, a la familia de David; el sacerdocio a la tribu
de Levi y a la familia de Aarón. Mas el cargo profético
dependía únicamente de la elección de Dios.
9.Así Jeremías y Ezequiel eran sacerdotes; Isaías
no lo era, y era, probablemente, de la tribu de Judà. Había
profetas ricos y nobles, como se supone que era Isaías; los había
pobres, como Amós, que era pastor y boyero; habíalos entre
los hombres y entre las mujeres, quienes no estaban excluidas de este
ministerio, y así había profetisas como Ana, la madre de
Samuel; Débora, Holda y otras.
10.De modo que para el cargo o ministerio profético no se requiere
ninguna disposición natural, ni ciencia, ni instrucción
o preparación alguna como se ve en Eliseo que era campesino o labrador
y en Amós que era boyero y la razón es porque Dios, que
es la causa de la profecía, puede si quiere dar la disposición
conveniente.
11.Tampoco se requiere especial afición o disposición de
la voluntad. Así Isaías se ofrece al Señor para la
misión profética; Moisés y Jeremías se excusan
y la rehusan, Jonás huye. No se requiere tampoco la caridad y las
buenas costumbres y así Balaam, aunque malo era, según parece,
verdadero profeta de Dios y Caifàs profetizó como advierte
Juan. Naturalmente que la caridad la perfecciona y el conocimiento la
amplía y todas las añadiduras embellecen el verbo de profecía.
12.Señal de esta oratoria magnífica no es, como suele creerse,
la verificación de los hechos anunciados en el tiempo, sino la
iluminación interior del entendimiento que hace Dios a través
del profeta a sus discípulos, pues los hombres sólo pueden
representar las cosas a sus adeptos por palabras y signos exteriores,
pero no por revelación íntima. Y el profeta conoce cuando
es él y cuándo el soplo de Dios trasferido a su boca.
13.En cuanto a las credenciales otorgadas por Dios a los profetas como
sus embajadores auténticos, las mismas solían ser tres:
su vida y predicación, sus milagros, sus profecías.
14.Se entiende fácilmente que los profetas del pueblo de Israel
no podían ser hombres de vida estragada y perversa que los desacreditase
delante del pueblo; eran escogidos entre los hombres de vida santa, de
costumbres puras e irreprochables, de ánimo esforzado y valiente,
de predicación clara, decidida y resuelta a favor de la verdad,
ajena a la adulación y el servilismo, la codicia y el propio interés.
A estas dotes de la vida y predicación añadìanse
otras señales extraordinarias como aquellas de los milagros que
hicieron Elías y Eliseo y el de Isaías cuando curó
a Ezequías y le dijo que sanaría. Y la tercera, la de acreditarse
a veces con sus mismas profecías cumplidas, fue casi siempre motivo
de grandes disgustos y sinsabores.
15.Entre los profetas del Antiguo Testamento Samuel es el gran vidente
de Israel, David el rey profeta (como él mismo dice expresamente
en sus últimas palabras y como basta saberlo al leer sus salmos);
Salomón, rey sapientísimo, dotado por Dios de la sabiduría.
Los dos grandes siervos de Dios, Elías y Eliseo, notables por sus
predicciones y milagros.
16.Se excluye, dada la naturaleza de esta parte del curso, a los profetas
escritores, que consignaron sus oráculos y profecías por
escrito, tales como los salmistas que compusieron salmos proféticos
como Moisés, David, Salomón, Asef, Eman, Etam y los hijos
de Coré.
17.Los doctos de la sinagoga colocan a Moisés a altura muy superior
a la de los grandes profetas Isaías, Jeremías, Ezequiel
y Daniel y se dice en el Talmut que sólo él contempló
la verdad pura mientras que los demás no hicieron sino entreverla
como si estuviese reflejada en un espejo empañado. Para los padres
del Talmut, en la revelación mosaica se comprende toda la profecía
posterior.
18.Es interesante también observar en Maimònides, en su
teología, la explicación del acto profético mediante
cierto proceso interno.
19.De otra naturaleza ya son los oráculos, por cuanto no guardan
una relación, como la voz profética, con la oratoria sobrenatural,
aún cuando determinaron verdaderas comunidades políticas,
jurídicas, religiosas como en la grecoromana a través de
sus pytianos y pitonisas o el oráculo del templo de Amón
que, dentro y fuera de Egipto, era el de mayor celebridad y al que acudían
verdaderos ejércitos de devotos para escuchar la respuesta de la
divinidad.
20.Pero...¿Cuál será la característica de
la nueva palabra, del luminoso verbo del día de Sakib que se anuncia;
cuál la forma que adoptará el verbo eterno para transportar
la buena nueva? Vaya el Hijo a la profunda celda de su silencio, recójase
en la absoluta intimidad de su corazón y dialogue en aquella deliciosa
plática que no conoce el tiempo ni el espacio con Aquella que conoce
el número y la medida del Universo, y entonces oirá la voz
de los nuevos Iniciados que habrán de enseñarle las exactas
palabras de misericordia, de justicia, de amor y de belleza para que humildemente
las derrame sobre los corazones afligidos que en las tinieblas del mundo
aguardan la Nueva Alborada.
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